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| Un animal vulnerable, pero con un espolón gigante en su cola |
Vivimos en una cultura en la que se valora demasiado el triunfo, el poder, la riqueza, en fin el “éxito”. Una vida dedicada a la búsqueda titánica de valores que se piensan que garantizan la felicidad y que tienen el inconveniente de generar apetitos insaciables, porque su acumulación no satisface jamás.
En lo profundo el ser humano logra mayor satisfacción cuando “encuentra” el amor, se siente que “pertenece” o satisface su sentido de pertenencia, en definitiva, logra conectarse.(*1)
Este deseo de conexión es esencial porque antropológicamente y genéticamente somos miembros de una especie “social”, que no resulta por casualidad, sino que vista la debilidad física de nuestros primates ancestros, frente a los grandes predadores, exigía una estratégica protección grupal que garantizare la supervivencia de la especie. Hay quien sostiene que la socialización es el primer factor de desarrollo mental de los primates, comenzando por la mayor sofisticación requerida en el manejo del lenguaje. (*2)
Esta situación lo hace sentirse solo y esta inseguridad le produce angustia y miedo de no ser amado, de no pertenecer (ser miembro de una familia, un clan, un equipo, una nación, etc), en fin de conectarse o “unirse” a otro u otros. Este deseo puede que nunca se satisfaga completamente a lo largo de la vida y más si pretendemos lograrlo con la obtención del éxito, poder o dinero, como fin último, porque al final la supuesta conexión o pertenencia va a estar condicionada, y la misma persona va a pensarlo así, a que se conserven esos atributos. En el fondo siempre tendrá en su inconsciente la convicción de que la pérdida de esos objetivos lo sumergirían en ese temible estado de soledad absoluta (algo parecido al caso relatado en la película de Orson Wells llamada “Ciudadano Kane”).
Resulta válido aspirar a una posición de poder o de dinero, si el fin último que perseguimos es para hacernos cada vez más ricos y poderosos en vez de buscar generar riqueza y bienestar a favor de otros.
No es que se deban menospreciar el éxito, el poder o el dinero, como logros de una vida; el asunto es que sean una manera de huir del miedo a la desconexión o “separatividad”. No me imagino a Bill Gates en este grupo, porque pareciera ser un enamorado de su actividad creativa más que de su fortuna y poder implícito (pudiendo aspirar y lograr alcanzar el record de John D. Rockefeller como el hombre más rico del mundo), aunque puedo estar equivocado en mi apreciación.
Como vemos en este caso una persona exitosa puede esconder este temor, el cual le causa además de todo, vergüenza, con lo cual se esmera no solo en ser exitoso sino en mostrarlo, incluso en épocas de fracasos. Por eso vemos personas con problemas que luchan desesperadamente por mantener una imagen de un éxito del cual ya no son partícipes temporal o permanentemente. Esta actitud puede tener implícito una baja autoestima de la persona o que no se considera suficientemente valiosa para merecer esa conexión.
Podemos reconocer esta actitud porque al preguntarles de su experiencia con el amor te comentan sus rompimientos, o de pertenencia y te hablan de su exclusión o sus declaraciones transmiten lo que tienen o han logrado ocultando lo que son en realidad (es complejo para cualquier persona reconocer su ser o lo que es, su esencia, no lo que hace, hizo o ha logrado).
Por esto se evade hablar del tema, perdurando el doloroso sentimiento de vulnerabilidad.
Para poder superar este dolor debemos tener el valor de mostrarnos a los demás tal cual somos y al permitirnos sentir nuestra propia vulnerabilidad, comenzar a entenderla y a manejarla.
En este sentido encontramos dos prototipos de personas:
Las que tienen un sentido de valía, es decir, que se sienten merecedoras del amor y con un alto sentido de pertenencia; y los que sufren por obtener lo que han logrado los primeros.
Los primeros se muestran determinados, dedicados y entusiastas y tienen el coraje de aceptar de que son imperfectos.
Cuando aprendemos a aceptarnos como seres imperfectos o con carencias de algún tipo (sin que dejemos de reconocernos también competentes y valiosos en algunos aspectos), y a pesar de los defectos y carencias, con derecho a ser amados.
Desde esta perspectiva podemos tener, desde la humildad, la compasión o comprensión hacia las demás personas. Esto quiere decir que solo siendo compasivos con nosotros mismos (no indulgentes), podemos serlo con los demás.
Cuando logramos ésto es que podemos conectarnos realmente con las demás personas, porque la autenticidad nos libera de las cadenas que nos llevan a pretender ser una cosa distinta a lo que realmente somos y comenzamos a mostrar nuestro verdadero ser.
La vulnerabilidad, vista desde esta perspectiva, nos hace hermosos; sin que deje de ser un sentimiento incómodo.
El coraje de aceptarse vulnerable nos permite ser los que decimos primero: “yo te amo”; aventurarse en mundos nuevos o desconocidos, de hacer cosas en donde no existen garantías de éxito, cuando decidimos invertir en una relación que puede o no funcionar.
No podemos vivir pensando que tenemos el poder de controlar y predecir lo que nos depara el futuro y la vida y para la vivencia de la felicidad es fundamental que dejemos de hacerlo. La idea no es que seamos veletas al viento y que las cosas pasen sin que movamos un dedo, sino que apostemos a hacer, a involucrarnos, a comprometernos a pesar de la incertidumbre.
Este deseo de control es un paradigma que debemos romper y a partir de este acto podemos comenzar realmente un avance en nuestro camino hacia la espiritualidad.
Como señalamos, si bien la vulnerabilidad es fuente de miedos y pone a prueba nuestro sentido de autovaloración, abrazarla nos abre las puertas de la alegría, la creatividad, al sentido de pertenencia y al amor.
También nos permite desarrollar nuestra inteligencia emocional y por ende ser más efectivos en la vida, porque entendemos cuando requerimos apoyo y ayuda y la buscamos sin vergüenza, ni temor.
Desconocer esta emoción no se puede hacer sin el sacrificio de las otras emociones.
Por esto muchas personas se refugian en una religión. Se nos presenta como una institución que nos proporcionan respuestas para casi todas las preguntas y muchas de éllas constan de un certificado de “veracidad” y se constituyen en dogmas (paradigmas). No tienen respuestas inciertas, solo juicios de aprobación o reprobación. La institución está en lo correcto y todos los que piensen otra cosa están equivocados.
No es que esté sosteniendo que la religión es perjudicial, lo que es incorrecto es la incorporación a la misma para dejar de sufrir la vulnerabilidad. De todas formas cuando nos suceden cosas terribles, como una enfermedad grave y dolorosa o la muerte de un ser querido, la vulnerabilidad se apodera de nosotros irremediablemente y se produce una duda muy poderosa o una pérdida de fe.
Pero también nos puede pasar que mientras más incierta se nos vuelve la vida, más nos apegamos a esas “certezas”, agravando más la situación.
La religión debe ser una guía, un parámetro de conducta que nos apoye a tomar decisiones éticas en la vida, logrando una coherencia entre lo que se predica y como se actúa, pero es más importante como apoyo para transitar un camino espiritual.
Es mi criterio, el distanciamiento de las personas de las religiones tradicionales es principalmente debido a que no se hace partícipe al feligrés de la riqueza de la experiencia espiritual de la religión; es la distancia tan grande entre el púlpito y el banco.
También sucede, como forma de evasión, cuando nos llenamos de vanidad resaltando lo bueno en nosotros (sea cierto o falso), sin reconocer la sombra, que también se manifiesta como el “interés” (hago algo bueno o correcto porque lo debo hacer o porque quiero parecerlo o porque me otorga alguna ventaja o beneficio), y esta actitud la proyectamos en nuestros hijos, quienes también son perfectos y libres de pecados (cuando digo perfecto no me refiero al sentido espiritual de la palabra, porque en ese contexto, todos lo somos), con el inconveniente de que con esa actitud potenciamos en ellos el miedo o la incertidumbre de su propia vulnerabilidad.
No es que se menosprecie al niño, pero hay que reconocerlos valiosos, incluso a los que puedan tener limitaciones de importancia sea de naturaleza física (sordera ceguera, u otra discapacidad física) o intelectual.
Me conmovió una vez oyendo a un padre hablando de su hijo, ya fallecido, con síndrome de Down, en el sentido de que a pesar de las limitaciones que había tenido en la vida había proporcionado una inmensa cantidad de cariño y simpatía a todas las personas que se habían relacionado con él. Era impresionante la facilidad de relacionarse con todos los niños, quienes en ningún momento abusaban de sus limitaciones, ni siquiera hacían burla de él, como muchas veces sucede. Y nos decía su padre: “Imagínense el dolor tan grande de un padre cuando nace un hijo con una dificultad tan grande, pero él nos enseñó lo que era el amor. Le doy gracias Dios por el hermoso regalo: el Ángel que nos envió”.
Tenemos que asumir la responsabilidad de que las decisiones y actitudes que tomamos en la vida tienen un gran impacto en las demás personas; por esta razón debemos abrazar la autenticidad, la humildad de reconocer cuando nos hemos equivocado y decir: “perdóname”, además asumir la responsabilidad del daño causado, corregirlo y corregirnos. Tenemos que dejarnos ver vulnerables, amar con todo el corazón a pesar de que no haya garantías y esto es lo realmente difícil de aceptar y más cuando se trata de nuestro hijos.
En los momentos de temor, tener el coraje de amar, de ser apasionado en los proyecto de vida, sin paralizarse ante un posible escenario de fracaso; y lo más importante repetir todos los días: “Estoy agradecido”, porque sentir mi vulnerabilidad me hace sentir que estoy realmente vivo, que soy suficiente; dejar de gritar y comenzar a escuchar, en fin ser más amable con los demás y conmigo mismo.
(*) Erick From habla de la sensación de “separatividad” del ser humano cuando se percibe solo e indefenso ante las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad.
(*2) Otros señalan que es la bipedestación, per se, o la posibilidad de hacer uso de las manos para la creación de herramientas o su posterior evolución consistente en la oposición de los dedos pulgares de las manos y más modernamente, la tesis del que he llamado “Hommo Acuaticus”, referido al que emigro de la sabana a las orillas del mar y por ende se convirtió en un nadador, pescador y por ende consumidor de alimentos ricos en fósforo, lo que lo convirtió en un primate lampiño, en comparación con otras especies terráqueas, con un principio de membrana natatoria entre sus dedos y una orientación en el nacimiento del vello y cabello en sentido contrario de nuestros parientes lejanos y cercanos.

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