lunes, 9 de agosto de 2010

La Responsabilidad y la Felicidad.


Resulta una necesidad ineludible de todo ser humano a lo largo de su vida, la de asumir la responsabilidad de sus acciones y omisiones, voluntarias o involuntarias y reparar en la medida de lo posible el daño causado. Hacer lo contrario lo alejaría de la vivencia de la felicidad.
Hace un tiempo leí acerca de la noción del pecado del teólogo greco ortodoxo Gregorio de Pálamas. Él sostenía que el pecado era algo más que los 10 mandamientos; lo definió como: “la manifestación de la imperfección del ser humano”.
Esto cambia profundamente la concepción tradicional del pecado que considera que se es libre de responsabilidad si se ha actuado sin mala intención o sin poder ser imputable del acto u omisión. Pálamas señala que al actuar sin mala intención e incluso con buena intención, se puede causar un daño a otro, y aún en estos casos estamos obligados a pedir perdón y hacer lo que sea posible para reparar el perjuicio causado.
Hay quienes pueden ver esto como un atentado a nuestra auto estima o como una forma de llevar la condición de pecador al extremo de no ser posible lograr la santidad; pero esto no es así.
Esta visión nos puede dar una perspectiva más humilde frente a la vida, al reconocernos verdaderamente imperfectos o mejor dicho perfectibles en grado superlativo, haciendo más retador el objetivo fundamental del ser humano, que he llamado primario, y que consiste en el compromiso de ser todos los días una mejor persona. Esto trae como consecuencia una actitud más comprensiva ante la imperfección, que comparten con nosotros, las demás personas, y a tener presente la sentencia bíblica: “Con la vara que midas, serás medido”.
En las cartas anteriores hemos señalado que la felicidad tiene que ver con una actitud ante la vida y ante nosotros y los demás, que requiere manejar el perdón, el que pedimos, el que otorgamos y el que nos otorgamos, como parte del “mantener limpia la casa”, ante la posibilidad de que la muerte se nos presente “como un ladrón que entra en nuestra casa inesperadamente en la noche”, en la necesidad de conocernos y conocer a los demás y en el aprendizaje tan importante que obtenemos de los errores cometidos .
En fin resulta difícil encontrar la paz y el equilibrio necesario para vivir la experiencia de la felicidad si no asumimos que solo depende de nosotros el logro del reto de vivir la felicidad, haciéndonos responsables de nuestros actos y omisiones a lo largo de la vida que nos lleven en sentido contrario y hacer las correcciones y ajustes que la experiencia y el tiempo nos vaya enseñando.
Para asumir una actitud responsable ante la vida requerimos aceptar el hecho de que tenemos el control de nuestra vida, e incluso en situaciones extremas, como en el caso de una persona mantenida en prisión, quien puede conservar un espíritu libre, convicción ésta, que no puede ser destruida por las cuatro paredes que encierran su humanidad.
Si queremos saber cuanto control tenemos sobre nuestras vidas, debemos tomar conciencia de nuestras declaraciones con relación a lo que nos gobierna. Si nuestras declaraciones apuntan a que son otros los que determinan lo que hacemos (es culpa del país, de la situación económica, de los políticos, de nuestra pareja, porque nací pobre o fui huérfano desde chiquito), como reaccionamos (si nos paraliza el miedo, la depresión o la desilusión, o nos la pasamos criticando todo a nuestro paso) o en definitiva como vivimos, podemos decir que tenemos un “locus de control externo”, es decir, la llave de la felicidad la hemos puesto en manos de otros.
Si por el contrario reconocemos nuestra responsabilidad, declaramos nuestros objetivos y no nos excusamos en lo que digan o hagan o dejen de hacer los demás, podremos decir que tenemos el control de nuestras vidas (locus de control interno) y por ende tenemos el poder de buscar, obtener lo que nos propongamos razonablemente y la posibilidad cierta de declararnos felices en el hoy y en el ahora.
Otra situación que alude al control externor se refiere a las personas quienes identifican la felicidad en el encuentro de la persona amada. Erick Fromm en su libro “El Arte de Amar”, nos enseña que el amor (nuestro) no está en el otro, es una competencia que podemos adquirir y practicar, y así mismo, al aceptar que está en nosotros, tenemos el poder declarar el amor para que se haga realidad; pero la felicidad a través del amor es tema para otra página.

martes, 3 de agosto de 2010

La Felicidad Dionisíaca.


Dionisios, conocido por los romanos con el nombre de Baco, es el dios de vino y por ende de la fiesta y la celebración, orientado hacia el amor y la felicidad en este mundo.
Los dioses griegos en general han ganado nuevamente relevancia a partir de Karl Jung, quien introdujo a la Psiquiatría una metodología de análisis de los arquetipos humanos, relacionándolos con las características, virtudes y defectos de estos personajes mitológicos, fundamentado en el hecho de que a pesar de ser seres superiores con poderes sobrenaturales, suelen tener características humanas, incluso pueden cometer errores y ser engañados por otros.
Uno de los junguianos más reputados y estudioso de los arquetipos, Rafael López Pedraza, escribió un libro dedicado a esta deidad llamado “Dionisio en el exilio”, orientando su obra al hecho de que la sociedad occidental actual regida por la cultura judeo-cristiana (monoteista) ha menospreciado y se ha distanciado de las ventajas del “culto dionisiaco”.
Hay historiadores que han resaltado la importancia que tenía Dionisios para las sociedades del mundo antíguo, que incluso ven en el milagro de la conversión del agua en vino por parte de Jesús de Nazaret en la bodas de Canán, como una forma de resaltar el origen sobrenatural del mesias, al identificar este episódio con el rito de los custodios del culto a Dionisios que consistía en colocar ánforas con agua en el templo que eran convertidas en vino durante la noche por el mismo dios.
Independientemente de la consideración acerca de la veracidad del anterior comentario, si asumimos como verdadera la anécdota de las bodas de Canán, tenemos que aceptar que Jesús tenía una visión "dionisíaca" de la vida, que valoraba el disfrute sano de la vida con la vista puesta en la cruz.
Como parte del trabajo que hemos venido desarrollando se ha resaltado la importancia del disfrute de la felicidad en el momento presente, de las bendiciones que hemos recibido, de los logros alcanzados y de los aspectos más simples de la cotidianidad.
Si bien es cierto que referirse a Dionisio estamos invocando la fiesta y la bebida, hay que entender que este dios nos invita a disfrutar del amor (de pareja) y además con una inspiración más profunda vista desde la conciencia plena de nuestra finitud o mortalidad inminente.
Para entender esto hay que ver el linaje de este dios quien en unas historias se señala que es hijo de Zeus (dios de dioses) y Perséfone, conocida como la diosa del inframundo, pero en otras historias se le señala como hijo de la mortal Semele, quien muere ante una explosión de energía de Zeus y cuyo feto (Dionisio) es transplantado al muslo de Zeus para preservarlo hasta su nacimiento. En esta última versión Dionisio desciende al inframundo a rescatar a su madre de la muerte.
Esta dualidad entre su vivencia y conocimiento del inframundo y la correspondiente vida alegre, no es en absoluto contradictoria, es precisamente el convencimiento de la realidad e inminencia de la muerte como motor poderoso del disfrute de la vida.
Este conocimiento de la muerte no resulta fácil para los humanos, porque de pequeños logramos percibir a través de la razón (neo cortex) que la muerte es una realidad y aprendemos racionalmente acerca de nuestra propia mortalidad. Este conocimiento lo manejamos de manera muy superficial, puesto que a esas edades vemos la vejez y la muerte (ésta más como consecuencia de la primera) como un hecho distante, el cual se exacerba en la juventud en la cual surge una idea de inmortalidad que nos lleva a realizar actos audaces y sumamente riesgosos.
Si en algún momento sufrimos la muerte de un ser querido, la “idea” de la muerte se combina con un sentimiento muy fuerte de tristeza o de pérdida (límbico) y en algunos casos puede identificarse con la propia muerte y puede convertirse en miedo, pero esto no es común.
Cuando una persona enfrenta una situación de muerte que puede producir pánico, bien sea que la persona haya sufrido un episodio cercano a la muerte (esto se ve mucho en personas que sufren de infartos), en los cuales la sensación de la muerte se aloja en el abdomen, se vuelve viseral, primitiva (reptilíneo), y que puede provocar reacciones orgánicas importantes vinculadas principalmente a la secreción de adrenalina. También se puede producir esta situación cuando somos informados de que nuestra muerte tiene fecha fija (condenado a muerte) o por lo menos estimada en un plazo relativamente cercano (enfermedad terminal).
En estos últimos casos el conocimiento de la muerte se apodera de nuestro cuerpo en su integridad y adquirimos la habilidad de percibir lo que es realmente importante de la vida y comienza a surgir la urgencia de resolver asuntos trascendentes, dejando de lado lo fútil. Esta actitud nos puede permitir valorar el presente con mucha intensidad, convirtiéndonos en personas profundamente dionisíacas, disfrutando intensamente cada momento, pero con una conciencia clara de nuestra finitud, con un pié en este mundo y el otro en el más allá.
Es evidente que una persona, que tenga fe en la promesa de una vida eterna en el más allá, tiene mayores posibilidades de rescatar el hoy, porque sabe que vamos a transitar el camino al encuentro de nuestro creador. El que carece de fe, puede caer en profunda depresión o ser dominado por un pánico incontenible, porque el fin que se le viene es definitivo e irremediable.
El otro aspecto poco conocido de Dionisos es su venganza. Esta venganza recae sobre las personas que no permiten que el amor de pareja entre en sus corazones y terminan embrujadas por un amor falso o irreal que los lleva a “morir” (en el sentido simbólico) despedazados. Es el castigo de los que renuncian al amor.
Esto nos lleva a que el disfrute de la felicidad en el ahora debe conllevar a saborear lo sabroso y agradable que se nos presenta, en desarrollar nuestra capacidad de amar y de vivir el amor, pero siempre con la visión del más allá que a todos nos espera.

domingo, 25 de julio de 2010

Conoce a los demás para ser feliz.


Si hemos logrado tener un conocimiento personal razonable, estaremos en mayor capacidad de conocer a los demás. El concocimiento de las personas constituye una competencia y un patrimonio muy valioso de información, porque nos lleva sólo a tener, respecto de éllas, expectativas reales, para poder encontrar la forma de compartir juntos la vivencia de la felicidad.
El conocimiento de las otras personas tiene como barrera la auto percepción. Si tenemos una auto estima excesivamente elevada, posiblemente exagerada, podemos caer en la tentación de pretender que las demás personas cumplan esos parámetros de perfección que creemos detentar.
Si tenemos realmente valores muy elevados o somos muy exigentes con nosotros mismos, debemos respetar el derecho del otro a regir su vida según su libre albedrío (sin que esto implique liberarlo de su responsabilidad) y aceptar que es válido que la otra persona tenga una visión diferente acerca de la vida (aceptación del otro o respecto a la “otredad”).
En estos casos puede suceder, así mismo, que al negarnos a ver nuestra sombra, lo que hacemos es proyectarla sobre los demás. Es más común de lo que puede parecer atribuirle defectos o fallas a otros que son propios.
También nos sucede que solemos proyectar en las personas nuestras mejores expectativas, colocándolas en un pedestal, con el inconveniente de que al cometer algún error o falta, se nos derrumban como pasa con un ídolo con pies de barro; todo esto pasa por habernos creado expectativas irreales que están más en nuestra mente que en la otra persona, produciéndonos decepción y tristeza. Si logramos evaluar y valorar a las personas tal cual son, no nos crearemos expectativas irreales.
Por supuesto debemos ser cuidadosos cuando nos encontramos con alguien que parezca demasiado perfecto o cautivador (cuando la limosna en muy buena hasta el santo desconfía). Esta es la clave del éxito de los estafadores. También debemos aceptar que existen personas psicopática (asesinos seriales, mitómanos, etc.) quienes por las características de su enfermedad carecen de moralidad (no son inmorales, son amorales), lo que les permite engañar a los demás con mucha facilidad.
Tarea compleja cuando todos en alguna medida proyectamos una imagen que dista en algo o mucho de la realidad. En estos casos utilizo una técnica que consiste en observar y escuchar con mucha atención a las personas (sobretodos para detectar sus incoherencias e incongruencias entre lo declarado y lo actuado) y utilizo la siguiente metodología:
1.- Observo el comportamiento en situaciones extremas que la afecten o a personas relacionadas con élla. Creo que, aunque es la forma más fácil de evaluarla, no es común ver a alguien actuando en estas circunstancias.
2.- Observo el comportamiento de la persona en las situaciones más insignificantes. En estos casos la persona baja sus defensas y suele manifestarse de manera más auténtica, lo que permite que lo dirijan sus valores y sus debilidades reales, no la retórica o la apariencia.
3.- Observo su comportamiento con otras distintas a mí. Si veo que se comporta mejor conmigo que con otras, estimo que en alguna oportunidad voy a recibir el mismo trato.
Por supuesto que existen técnicas más elaboradas como el uso de la Programación Neurolinguística, la observación del "body language" y creo que la más importante que es el uso de la intuición, que resulta una percepción no necesariamente basada en elementos objetivos, pero que consiste en una percepción a nivel inconsciente de un conjunto de señales que nos aporta la otra persona y que nos permite hacernos de una idea acerca de élla. Creo que es muy util la intuición pero no debe usarse sino como una señal de prevención que nos lleve a afinar nuestros sentidos para poder respaldarla o deshecharla con fundamento.
Recabando esta información establezco las virtudes y los defectos de la otra persona, agradezco sus virtudes y no me creo falsas expectativas de mejora de sus defectos; si son soportables, establezco un “modus vivendi” y en caso contrario guardo mi distancia sin darme mala vida.
Con este marco de acción establezco, por ejemplo, entre una persona que considero amiga o una simple "amistad". Puedo compartir y disfrutar mucho de la “amistad”, socializar, conversar y pasar un buen rato, sin esperar que un comportamiento más allá. Con un amigo, por el contrario, además de disfrutar o compartir un rato de superficialidad, puedo contar con su apoyo, en la medida de sus posibilidades y potencialidades, en caso de encontrarme en un mal momento.
Si logramos esto podemos comenzar a ver a los demás con una perspectiva más real y humana, comenzar a ser más humildes y más comprensivos de las debilidades ajenas y vivir esta fabulosa experiencia de conocer gente como parte de la felicidad. Al final de todo “Homo sum et nihil humanum a me alienum puto”(soy humano y nada humano me es ajeno) (frase de Terencio.)

lunes, 19 de julio de 2010

Conócete a ti mismo para ser feliz.


Solo una persona que se conozca a sí misma puede saber con certeza que es lo que realmente la hace feliz. Este autoconocimiento resulta difícil y requiere la honestidad suficiente para ver nuestras luces con ponderación y nuestras sombras con humildad.
Esta habilidad o competencia de autoconocimiento no nos la enseñan de manera sistemática; normalmente se adquiere a golpe y porrazo, además de constituir una labor que nos puede llevar toda una vida.
Cuando niños, en el proceso de formación de nuestra personalidad, estamos rodeados por nuestros padres o de cualquier otro adulto quien manifiesta, normalmente con contundencia, sus propias “certezas”, sumado a una sociedad que está convencida de cuál debe ser el camino de todos.
Arrancamos nuestra vida haciendo propios, ideales y visiones de vida que no nos pertenecen y mostrando una imagen muchas veces inspirada en lo que se espera de nosotros y no basada en lo que queremos, sentimos o pensamos.
En la juventud, surge un deseo incontenible de encontrar nuestra individualidad (individuación) y la forma de manifestarla es por contraste con la que nos ha sido modelada por las personas que ejercían autoridad o incluso de aquellas quienes eran objeto de nuestra admiración, sin haber hecho una evaluación acerca de los que vale la pena preservar y lo que se requiere superar o cambiar.
Este proceso que resulta totalmente normal y que en algún libro de psiquiatría leí se llama figurativamente como “el asesinato de la madre” (por ser el vínculo más fuerte, no porque se deje de cuestionar también al padre). Al ser un proceso indisciplinado de búsqueda, termina siendo de imitación de nuestros iguales: “somos uno más del montón que alega ser diferente” .
Para resolver este dilema tenemos que comenzar por el camino más directo: declarar, hacer y buscar en esta vida aquello que amamos realmente, lo que nos apasiona, aquello que no podemos sacar de nuestra mente, perseguir nuestros sueños, o los ajenos a los que nos sumamos con entusiasmo.
Debemos tener un piso firme de valores de los que estamos convencidos, no los impuestos, poner nuestro corazón (pasión) y nuestra mente para darle estructura a ese objetivo y si logramos identificar las herramientas que tenemos y las que requerimos adquirir, seremos muy exitosos.
Si ese objetivo resulta evasivo, aprovechar y sacarle provecho a lo que nos toca vivir por necesidad o compromiso, que seguro ésto abonará de alguna forma el terreno para que finalmente seamos exitosos, pero siempre focalizados en el objetivo final.
Esto nos resuelve la parte de la luz, pero queda sin develar el conocimiento de la sombra que vive adentro.
La sombra no es más que la verdad interior; normalmente, en cuento a la propia, cuando sabemos en que consiste, es la que no queremos revelar, pudiendo incluir aquello que nos avergüenza o lo que simplemente no queremos mostrar (P.ej.: se puede ocultar la sencibilidad para parecer rudo).
Suele ser mucho más fácil ver la sombra en el otro (la paja en el ojo ajeno) que ver la propia (la viga en el propio). Podemos tener algunas formas de verla, cuando nos critican algo o nos cuestionan o nos dan una retroalientación y logran revolvernos, porque nos están poniendo en evidencia. A veces el comentario puede ser incorrecto o inadecuado en la forma, como en el caso del insulto, los descalificativos o juicios que no cuentan con afirmacines suficientes para respaldarlos (hechos concretos). Pero creo que somos capaces de diferenciar con claridad cuando nos han conseguido "la caída".
Otras veces la sombra la ponemos de manifiesto cuando nos justificamos reiterativamente con todas las personas sobre algún asunto en que no estamos seguros de haber actuado bien, buscando aprobación.
Por último, cuando justificamos lo que hacemos porque es una decisión colectiva. Cuando la culpa es de Fuenteovejuna no es de nadie y menos nuestra.
En fin no podemos ser felices engañándonos y por eso hay que tener la disciplina de vernos en el espejo e identificar las incoherencias e incongruencias (el contraste entre lo que se hace y lo que se predica) y diferenciar cuando actuamos de acuerdo con los propios valores o en post de nuestros intereses.
Para entender lo escurridiza que puede resultar la sombra, me parece muy aleccionadora una anécdota de José Gregorio Hernández, quien después de haber dejado el paquete de medicinas, por él recetadas, en la puerta de un paciente pobre suyo (lo que hacía evidente para el paciente quien se lo había dejado), dijo: “¿Soy generoso por caridad o por vanidad?”.
El reto consiste en no perder el tiempo para comenzar esta búsqueda, no vaya a ser que lleguemos a viejos o perdamos la salud y mirando en retrospectiva nos demos cuenta que hemos vivido una infeliz vida de veleta o de alguna forma "ajena"....

lunes, 12 de julio de 2010

La Felicidad y los Factores Orgánicos.


Muchas de las manifestaciones de nuestro cuerpo afectan significativamente nuestro estado de ánimo y la actitud que tenemos en un determinado momento; hay algunas muy vinculadas a la felicidad o a la percepción que tenemos de élla.
Como sabemos cuando sufrimos algun problema de salud o una enfermedad, aunque sea leve, vemos afectado nuestro estado de ánimo y esta circunstancia puede entorpecer o impedir que realicemos nuestras actividades cotidianas.
Una gripe, una jaqueca, una rinitis, etc., pueden obligarnos a permanecer en cama sin poder hacer nada más que acudir a medicamentos que muchas veces no atacan la causa sino el efecto. También el comportamiento del metabolismo, de hormonas y otras sustancias producidas por el propio cuerpo afectan seriamente nuestro ánimo, tanto que se sabe que graves desarreglos de este orden pueden inclusive propiciar actitudes suicidas o de desorden bipolar, etc.. Hay otros ejemplos como lo son la depresión post parto y las alteraciones que se producen durante la pubertad.
En cuanto a la felicidad esto nos puede permitir entender que a lo largo de nuestra vida vamos a sufrir estados de salud que van a afectar un número importante de días de nuestra vida. En esta circunstancia, debemos aprovechar todos esos otros días en los que la salud nos favorece para aprovecharlos en la vivencia de nuestra felicidad. En los días malos hay que tener herramientas para poderlos superar de la mejor manera posible.
También esto trae como consecuencia asumir la responsabilidad de cuidar este cuerpo que nos ha sido dado, puesto que de esto dependerá la mayor o menor posibilidad de disfrutar o ser causa del disfrute de las personas que nos rodean. Seguir el consejo de Hipócrates: “Hay que escuchar el lenguaje del cuerpo”. Esto implica reconocer todo lo que nos hace daño, estar pendiente de los cambios o alteraciones que suframos y tener la decisión de consultar a los especialistas oportunamente para evitar que las situaciones empeoren. También hay que saber inculcar la prudencia en los jóvenes, quienes suelen sentirse indestructibles.
En este sentido todos tenemos una carga distinta porque cada quien tiene un legado genético que determina su expectativa de vida, tendencias a ciertas enfermedades, condiciones desfavorables para la salud, como es la propensión al sobrepeso, alteraciones de la tensión arterial, taras o por el contrario mayores defensas para algunos tipos de enfermedades y esto sin contar con problemas de tipo congénito o adquiridos por otras razones a lo largo de la vida, producto de accidentes o exposiciones o sustancias nocivas en el tiempo.
Si a esto sumamos las tendencias autodestructivas que se desatan en algunas personas que pudieran llamarse suicidas, pero que no son tan drásticas como éstas y que llevan a las personas a asumir riesgos excesivos o los que fuman, o consumen drogas o alcohol en exceso, comen demasiado o sin ninguna forma de restricción, que llevan a los extremos de solo vivir, aparentemente, para el placer (los momentos de enfermedad producto de los abusos no suelen ser tan gratos). Por algo existe la oración del bebedor: “Señor si con mi forma de beber te he ofendido, con la resaca, te pago y me quedas debiendo”.
Aquí no estoy pontificando desde la perfección porque en mi caso cuando adquiero peso de más me cuesta muchísimo encontrar la fuerza y la disciplina para restringir la ingesta y recuperar el peso normal, porque además me deleito con todos los licores que provienen de la vid y el alcohol, que constituyen una fuente demasiado fácil de energía para el organismo y por ende casi toda se convierte en grasa. No he fumado nunca y creo que tomé esa decisión porque no confiaba mucho en mi fuerza de voluntad para dejarlo y porque en mi familia ya habían fallecido 2 personas con cáncer del pulmón (no pensé que eso no me iba a pasar a mí).
El otro aspecto que afecta la salud tiene que ver con lo activos que somos, con los pensamientos que generamos y las declaraciones que hacemos, nuestra capacidad de manejar el estrés y nuestras emociones, etc. Todos estos temas los trataré por separado.
El amor nace con el amor a nosotros mismo, pero no un amor indulgente sino serio y con la importancia que debemos darle a la razón por la que estamos en este mundo y también para ayudar otros; sin un cuerpo sano no podremos ser felices ni coadyuvar a la felicidad de los demás.

jueves, 1 de julio de 2010

Imbuido de Felicidad: "En Defensa del Cuerpo".


Resulta deseable en todo ser humano el logro de un desarrollo espiritual con la finalidad de trascender, inclusive durante la vida, a altos niveles de consciencia, de integración con lo eterno, la divinidad o como quiera que se quiera llamar a lo que está más allá, pero nos han dado un cuerpo para que ese espíritu elevado lo habite; entonces, ¿que papel juega ese cuerpo?

Como señalamos en el escrito anterior, esa integración o unión con lo eterno, constituye un objetivo deseable y valioso en la vivencia de la felicidad, pero el desarrollo de la espiritualidad debe ser una faceta que todos debemos cultivar de alguna forma en nuestra vida. 

No todos estamos llamados a lograr un alto desarrollo, otros los menos, lo harán, todo dependiendo del camino de vida que nos toque o decidamos escoger. 

Cuando en las relaciones espacio y tiempo universales, la vida de un ser humano es tan corta como un suspiro (Bushido dixit) y tan insignificante que, un grano de arena en un desierto, sería de mayor entidad que nuestra insignificante humanidad. Por esta causa lo que debemos hacer con este efímero tiempio es enfocarnos en objetivos concretos y no perder el tiempo.

Para alguien creyente en la existencia de la divinidad como rectora de todo lo visible y lo invisible, parece increíble que la creación de este cuerpo efímero, débil e ineficiente carezca de un sentido profundo y trascendente.

Mi sadana o camino o práctica espiritual me ha llevado a identificarme con la sabiduría y las prácticas que propenden a elevar al ser humano y que lo logran en la mayoría de los casos aumentando nuestra percepción de la realidad, la que se percibe y la que pareciera no estamos diseñados para captar.

Como toda creencia, práctica o filosofía, algunos de los seguidores de alguno de estos caminos místicos o espirituales parten de la premisa de que el logro de la elevación máxima (Nirvana) se lleva a cabo mediante el desapego total o casi total de los deseos y apetitos mundanos, de lo material, incluso del que se refiere a las relaciones humanas y las prácticas de las mismas buscan desconectar o apagar la mente por considerarla un instrumento limitado para la comprensión del “todo” y subordinando a la razón de tal forma que al ser adquirido un mayor conocimiento, ésta traduce, de manera imperfecta, el mismo, en palabras para la trasmisión y comprensión de los demás seres humanos.

Aquí vemos casos como el de los monjes y monjas de clausura, los monjes ermitaños del Monte Atos, la monjes tibetanos.

Por supuesto se encuentran casos en donde hay un equilibrio entre lo mundano y lo espiritual y que pudiere darse como ejemplo, la disciplina de la orden de las Hermanas de los Pobres de la Madre Teresa de Calcuta o el Dalai Lama.

Respetando, por supuesto, el camino que cada quien escoge (pienso que tenemos pleno derecho, incluso, a escoger el camino al infierno, al cual goza de grandes adeptos), yo me siento más identificado con algo más parecido a un equilibrio entre lo mundano y lo divino.

A esta conclusión he llegado por la enseñanazas de Jesucristo y Sidarta Buda, quienes buscaban el crecimiento espiritual de sus seguidores pero con la finalidad de repartir en este mundo todas las bendiciones recibidas en ese camino. Esto lo he dado en llamar el proceso de elevación, interiorización y proyección.

¿Y el cuerpo para qué?
Bueno, el cuerpo es un regalo de Dios, una bendición, un don que hemos recibido para usarlo, no para enterrarlo como el solitario denario, para devolverlo igual, sin cambio, sin haberle sacado provecho, sin haberlo usado para prodigar bienestar a los que coinciden con nosotros en nuestro camino (compañeros de viaje). 

También me gusta decir que es una ventana hacia esta realidad limitada que nos rodea y por lo cual no hace sentido que la mantengamos cerrada.

También ese cuerpo nos lo entregaron para que fuera fuente de nuestro disfrute y el de los demás, con el amor y respeto que, con todo lo que Dios nos ha dado, debemos tener.

Jesús fue alguien que amo la vida, compartió con sus amigos, le gustaba comer y en cuanto al vino acotó con un claro sentido de nostalgia, en la última cena: “Ésta será la última vez que beberé el fruto de la vid” y en alguna fiesta, cuando dijo “El vino alegra del corazón del hombre”.

Las religiones, algunas, se han dado a la tarea de asociar el cuerpo con el pecado, cuando el pecado no es más que una elección, una acción u omisión en que se incurre, entre otra cosas, con el cuerpo, pero esto no lo hace pecaminoso al cuerpo sino a quien lo dirige, a su inquilino. Esto se empeora porque el castigo se ejecuta principalmente en contra del cuerpo.

En este sentido nos hacen mucho daño las personas que se han obsesionado por la sexualidad como causa de lo “malo” o como la más importante motivación del ser humano, y que en algunos casos esa obsesión no ha sido más que una forma de proyección de una "sombra", mecanismo por el cual se imputa a otros los pecados que están dentro de nuestra mente y corazón. 

La sexualidad que como seres vivos tiene un fin “divino” de la procreación y que la humanización de la misma la ha llevado a ser una de las manifestaciones del amor de pareja, más allá de la simple función o de un placer genital, a una manifestación plena de comunicación sensual, emocional, verbal, visual, física (kinestésica), gustativa, olfativa y hasta espiritual y se le desconozca como instrumento de realización de la felicidad humana, de un entregarse y recibir, de un amar y ser amado. 

¿Cuanta gente hemos conocido que han sido víctimas de hogares donde no se tocaba, no se lloraba en público, donde no se expresaban emociones? (legado victoriano).

El otro terrible ataque al cuerpo ha sido la falta de autoestima a lo que lo hemos sometido, cuando buscamos en él una belleza que no es suya, que es la que otros determinan, y que modernamente la definen publicistas y empresas o empresarios del entretenimiento, de la moda, etc, creando una cultura de tortura hacia nuestro cuerpo, en un búsqueda inútil de un ideal prácticamente inalcanzable o en todo caso tan efímero como un décimo de suspiro, con actividades gimnásticas y deportivas maratónicas o de carnicería, que suelen llamar cirugía estética. No es que estas actividades sean reprobables, es como todo lo que se hace en exceso o con motivaciones inconvenientes.

Pareciera que olvidáramos la unidad o unicidad del ser humano. Aunque podamos dividirlo en mente, inconsciente, cuerpo, emoción y espiritualidad, sabemos que una emoción puede cambiar la corporalidad y que afecta la salud, física y mental; pero un dolor de cabeza nos paraliza y afecta de la misma forma todas esas otras manifestaciones de esa unidad inseparable.

Pero así como logramos que el cambio o el crecimiento interno se manifieste en el cuerpo, los místicos nos piden que cuidemos el cuerpo, que lo amemos, que lo disciplinemos (no torturemos) y que lo que hagamos para vivir con actos, con gestos, con movimientos, también se proyecte hacia adentro para modificar y enriquecer nuestra emocionalidad, nuestra forma de pensar, nuestra espiritualidad. Un ejercicio sano, un baile, un tocar, abrazar, amar y compartir, también nos hace mejores personas hacia adentro, nos suelta, psicológica, espiritual, emocional, e incluso sexualmente, sobretodo nos hace felices, imbuidos en la felicidad.

Entonces, reconócete bello, por lo que prodigas, reconócete uno y bendito por Dios y vive la alegría y belleza del aquí y del ahora para que te sumerjas en la felicidad.

sábado, 26 de junio de 2010

Felicidad vs Dualismo.


Nos pasamos la vida en la disyuntiva de decidirnos entre dos polos contrapuestos. Todo lo que conocemos está regido por la polaridad y hasta nosotros mismos estamos divididos en dos y la eterna búsqueda no se resuelve hasta que logramos entender que la suma de uno más uno es simplemente uno y no dos. Solo encontrando la unidad en el todo podremos vislumbrar la verdadera felicidad.
El ser humano no es ajeno a este dualismo natural. Debemos todos reconocernos simétricos (o casi simétricos) o la unión de dos partes complementarias, en cuanto a lo físico, “buenos” y “malos”, “hombre” y “mujer”, “consciente” e “inconsciente”, “luz” y “sombra”, ánimus y ánima para comenzar a andar el camino hacia la integración de nuestra entidad y ésta con el todo. En este proceso comienza con el reconocimiento de la espiritualidad en nuestras vidas, que puede incluir la fe en un ser superior o creador, en la concepción que se prefiera. Este sendero es hacia nuestro interior, hacia un verdadero conocimiento de nuestras “verdades” y sus incoherencias e incongruencias. Un camino que nos puede llevar a descender hasta el infierno, ese que tenemos dentro de nosotros mismos y en ese camino dentro de nosotros, podremos crecer y solo haciendo propio ese aprendizaje podremos proyectarlo hacia afuera con acciones en beneficio de otros y así encontrar esa unidad en la que todos esos entre comillas pierden su identidad y también se hacen uno.........León Tolstói escribió un libro llamado "El Reino de Dios está en vosotros", lo que implica que las respuestas fundamentales que buscamos en las religiones están en nosotros, más que en el mundo.
Debemos pués reconocer nuestro dualismo básico entre lo que los psiquiatras llaman “persona” (viene del griego personar o máscara que suena, usada por los artistas) que podríamos definir como la mejor versión que mostramos de nosotros mismos, imagen aunque “buena” siempre tiene su trasfondo, “la sombra”, que no es más que lo que en realidad vive detrás de la máscara. Cuando hablo de la sombra no necesariamente refiero a algo malo, pero si a algo oculto. Nuestra naturaleza nos lleva a resaltar lo “bueno” y ocultar lo “malo” de nosotros mismos, o lo que pensamos que lo es, sin que necesariamente lo sea. La “persona” es necesaria para vivir en este mundo, no tenerla es como andar desnudos en la calle, por tanto esa barrera es sana y necesaria y tiende a mantener la armonía social, lo que puede variar es el grosor o la translucidez de la máscara.......
Esta labor solo puede llevarse a cabo con paciencia y constancia; también nos ayuda una disciplina espiritual o “sadana”, con meditación u oración y usando la mente para ir capitalizando ese conocimiento que no se adquiere de manera tradicional y muchas veces solo se percibe….Con la mente al servicio del espíritu y no al revés
Hasta que comencemos a entender que no hay absolutos y los polos comienzan a desdibujarse delante de nosotros, entenderemos que algo “malo” tiene aspectos o consecuencias positivas y algo “bueno” tiene aspectos o consecuencias de signo contrario.
En filosofía política se dice que no hay mayor contradicción que la que hay entre la “libertad” y la “igualdad”, porque el logro de la primera no hace más que reafirmar la desigualdad y el logro de la segunda sólo se materializa mediante la supresión de la primera. Para encontrar unidad entre dos conceptos aparentemente contradictorios hay que encontrar el elemento integrador o unificador y que la doctrina liberal llamó “confraternidad”. Curioso término político. La integración se logra mediante el ejercicio de la libertad, no solo en el propio beneficio sino en beneficio de la colectividad en la que te desenvuelves, de manera de compensar a quien es menos favorecido por cualquier circunstancia. Pero este equilibrio solo es posible en un régimen de libertades que permita que se pueda evolucionar, y esa libertad permitirá que, aunque se cometan errores, éstos se puedan corregir.
Cuando somos capaces de conseguir este equilibrio, podemos ver la infinita belleza de la verdad y vivir a plenitud una felicidad profunda.
Ante esta tarea, cada día se me hace más difícil sentirme “bueno” y más complejo el acto de “amar”, incluso cuando peco a voluntad, porque no encuentro otra respuesta...... Por eso no me queda más consuelo que el de bajar la cabeza y repetir sin fin: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí que soy un pecador”. “Kyrie eleison, Kyrie eleison, Kyrie eleison”...........