miércoles, 8 de septiembre de 2010

La Indiferencia vs. La Felicidad.


Una de las actitudes importantes vinculadas a la Cultura de Paz es la solidaridad. Ésta tiene muchas definiciones, dependiendo de la disciplina que la utilice. Para mí consiste en hacer propio algo de otra persona, es ponerse en el lugar de élla, tener empatía con lo que le sucede.
Actualmente, estamos bombardeados por innumerables noticias negativas que suceden muy cerca de nosotros y en el mundo entero y, contrariamente, no vemos exaltadas las noticias favorables o positivas y esta acumulación de negatividad nos va minando internamente, haciéndonos insensibles antes las tragedias o infortunios que les toca vivir a las demás personas, haciéndonos indiferentes. El enfoque en lo negativo que sucede y la indiferencia ante lo que pasa a los demás nos endurecen el corazón y nos alejan peligrosamente de la felicidad.
No estamos propugnando que las personas se limiten a leer periódicos deportivos o de farándula, o que pongamos a los niños exclusivamente en contacto con comiquitas inspiradas en la pura bondad, porque en definitiva requerimos para nuestra sobrevivencia conocer la realidad que nos circunda.
Es probable que la indiferencia sea una respuesta a la saturación que nos produce el exceso de negatividad, o como un mecanismo de defensa para evitar depresiones profundas.
Sin embargo, como lo hemos señalado a lo largo de este blog, no debemos conformarnos con ser simples testigos de la realidad, sino actores de la misma, aunque sea como la Madre Teresa de Calcuta que no paraba de trabajar a favor de aquel que tenía enfrente de sí. No basta con tener la sabiduría para conocer lo que los demás deben hacer, sino la disposición incansable de hacer aquello que está en nuestras manos.
Pediríamos al lector que meditara acerca de la persona que más quiere en este mundo; para ello cierra tus ojos, respira profundo e imagínatela enfrente de ti sintiendo la emoción que esa persona te inspira. Disfruta de ese momento por lo menos un minuto…
Ahora que has abierto tus ojos, imagínate que te informan que esa persona tan querida por ti fue atracada y fue herida con un arma de fuego y que se debate entre la vida y la muerte en un hospital. ¿Qué sientes ahora?
Todos los días vemos personas que pierden a un familiar o a un ser querido. Imagínense el sentimiento de una madre frente a la morgue esperando los restos de su hijo…
No pretendo que seamos capaces de sentir lo mismo que esa madre, porque además ese sentimiento no nos pertenece, pero muy dentro de nosotros sabemos que una persona que sufre una pérdida tan grande necesita un abrazo, una palabra de consuelo, y a veces algo más difícil de entregar que es la capacidad de escuchar en silencio y acompañarla.
Vivimos en un país en el que se viola, reiterada y descaradamente, los derechos humanos fundamentales e irrenunciables de los individuos, ante la vista gorda de la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, el Parlamento, el Poder Electoral y el Poder Judicial (su silencio los hace cómplices y, en algunos casos, cooperadores necesarios para que se pueda ejecutar tales violaciones o para revestirlas de una falsa legitimidad, lo que los hace reos de delitos de lesa humanidad). Sin el derecho a la vida—“los delincuentes deben estar en las cárceles o bajo tierra”, Gral. Benavides dixit, sin presunción de inocencia, derecho a la defensa, ni al debido proceso, etc.—, derecho a la libre expresión, a la información veraz (no hay estadísticas gubernamentales en muchos aspectos y las que se consiguen son forjadas), sin sanciones legales, sin el derecho a la privacidad, al honor y la reputación y tampoco sin los derechos relativos, como el derecho al trabajo, a la libertad sindical, a dedicarnos a la actividad económica de nuestra preferencia, sin el derecho a la propiedad y a la garantía de no confiscación (el 98% de los bienes expropiados no han sido pagados por el estado), entre otros.
Frente a estos horrores no podemos acogernos a un silencio que nos hace cómplices, ese mismo silencio del que se abstiene de votar porque, al no expresar una opinión, cualquiera puede suponer de qué lado estamos y a nadie le podemos permitir que se adueñe de nuestra opinión, que decida por nosotros, y más cuando se toma decisiones para destruirnos como país, para dividirnos en bandos encontrados y con un fin ulterior de robarnos la felicidad. La excusa de no votar por la trampa que puede haber es muy pobre como excusa, porque si te abstienes de votar ganarán legítima y válidamente sin necesidad de la trampa. Si necesitan cometer fraude para ganar, les puede pasar lo que a los jueces del Tribunal Superior Electoral del Perú cuando dieron ganador a Fujimori, que terminaron presos. De la trampa siempre quedan rastros.
Parafraseando el texto famoso, llamado “Cuando vinieron por mí”, les digo:
Cuando invadieron tierras agrícolas, me quedé callado; yo no era agricultor.
Cuando cerraron los medios de comunicación de televisión, permanecí en silencio; yo veo televisión por cable y uso mi “iPod”.
Cuando confiscaron las empresas, no dije nada; yo trabajaba en otra parte.
Cuando encarcelaron y expatriaron a los políticos de oposición, no pronuncié palabra; yo no soy político. Cuando mataron al hijo de mis vecinos, no hice nada, yo no tengo hijos.
Cuando me quitaron mi casa, no quedaba nadie para decir algo.
En estos momentos puedes hacer muchas cosas, ir a votar en las elecciones, ser testigo de mesa, puedes incluirte en grupos de apoyo en los centros de votación (logística de comida y refrigerios), puedes estimular a todos los que conoces para que participen. No tienes excusas para no participar.
Estos son momentos de definiciones, no valen las medias tintas. No es una invitación para enfrentarte a otros o para destruir a los que no piensan como tú, es para que ejerzas tus derechos. Nadie va a respetar tus derechos si no los ejerces y defiendes. El texto del Apocalipsis se refiere muy fuertemente contra los tibios y dice en 3,15 y 16:
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, ó caliente! Mas, porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”
No seas tibio ni indiferente, te estás jugando tu futuro, el de las personas que más quieres y el de tu país. Decídete por lo que creas que es mejor para ellos, para que puedan vivir en felicidad.

lunes, 30 de agosto de 2010

La Felicidad vs. El Miedo.


Ayer salió publicada una entrevista al padre José Virtuoso (SJ), próximo rector de la Universidad Católica Andrés Bello y quien ha trabajado por muchos años en el Centro Gumilla, en la cual señalaba que cerca del setenta por ciento de la población se abstiene de salir de sus casas para divertirse en razón al miedo que le produce la inseguridad personal en el país.
El asunto de la inseguridad es tan grave que ya se considera a Venezuela el país más inseguro del mundo, incluso cuando se compara con países que viven alguna forma de conflicto armado.
El miedo es una emoción sumamente poderosa y es capaz de paralizarnos de manera total y absoluta, haciéndonos perder sobretodo la esperanza en un futuro mejor.
El miedo es un mecanismo de defensa del que disponen una gran parte de los animales para garantizar la supervivencia de la especie. Como señalamos en una entrada anterior, si no tuviéramos miedo como generador de una situación de estrés, no seríamos capaz de segregar la adrenalina que nos permite reaccionar a nuestro máximo potencial físico y de reflejos; para unos padres resulta un alivio tener un hijo que perciba algún nivel de miedo en algunas circunstancias, que le impida acometer alguna travesura extrema.
Sin embargo, también señalamos que si el estímulo del miedo supera lo circunstancial (por ejemplo del ataque de un perro furioso) y se hace permanente o semi-permanente, el mecanismo de defensa se vuelve en contra de nosotros mismos causando daños orgánicos de la más amplia variedad.
Ante esta situación no hemos hecho más que intentar huir del fenómeno y cuando digo esto lo digo a todo nivel social, económico o político. Los que tienen mucho poder económico o político lo resuelven rodeándose de escoltas armados, sistemas de vigilancia de toda índole, blindaje de vehículos etc. Las personas con menos recursos no les ha quedado más que encerrarse en sus casas con puertas de seguridad con múltiples cerrojos, rejas, alambres de púas, recluyéndose así mismos en cárceles y evitando salir a la calle especialmente en las noches, dejando a la delincuencia actuar a sus anchas.
Aunque esta respuesta puede disminuir sensiblemente el riesgo de ser víctima de la delincuencia, no resuelve un problema que va a ir en aumento en un país que está en plena recesión económica y sin que se avizore a mediando plazo una recuperación.
Inglaterra prohibió el uso de armas de fuego hace muchos años, incluso las que usaban ordinariamente los policías, entre otras cosas, por los abusos cometidos por los cuerpos policiales. Japón también ha tenido una tradición de muchos años de control de armas de fuego y esto ha hecho que estas dos naciones sean las que tienen las más bajas estadísticas de muertes por armas de fuego.
En un estudio hecho en Estados Unidos quedó demostrado que en más del 80% de los enfrentamientos armados con muertes entre ladrones y víctimas, resultaron muertas las víctimas, lo cual es razonable por la mayor experticia en el manejo del arma de los ladrones y a la falta de escrúpulos que en muchos casos está vinculada al uso de drogas.
En Venezuela se estima que hay casi un arma por habitante, lo que dudo que sea cierto porque la gran mayoría de las personas que las portan no cumplen con ningún requisito legal de empadronamiento, así que la cifra puede ser mayor.
Entendemos que el problema de la delincuencia no está solo vinculado al armamento sino a otros factores, entre los cuales los más importantes son: el deterioro grave de los valores morales y ciudadanos, una justicia politizada que no sanciona a los delincuentes (se estima que más del 98% de los delitos quedan impunes), el desbordamiento del consumo y comercialización de drogas y por último las razones de tipo económico y social. Esto lo recalco porque resulta absurdo vincular la pobreza a la delincuencia, más allá del hecho de que pudiere haber una delincuencia promovida por el hambre o que la pobreza obligue a las personas a vivir en zonas de mayor índice de delincuencia y no como la pobreza en sí misma como causa del deterioro moral que conlleva a apartarse de las normas legales y sociales.
Los gobiernos han sido poco transparentes en la lucha contra la droga y para demostrarlo presentamos un ejemplo: En los países serios se mide la efectividad en la lucha en contra del narcotráfico, no con base a la cantidad de alijos de drogas decomisados en un año determinado (pueden incrementarse los decomisos por el aumento del tráfico), sino en la variación del precio de un “pase” de droga en la calle y el porcentaje de pureza de la misma. Cuando el precio en la calle aumenta y la calidad de la droga se deteriora, se puede decir con propiedad que ha habido un avance en la actividad policial.
En la ciudad de Nueva York con el Plan Braton se disminuyó sensiblemente la delincuencia con una política de cero tolerancia a delitos o faltas menores. Las bandas suelen reclutar a los más jóvenes, entre otras cosas, porque las sanciones a menores son más leves que las aplicadas a los adultos. Al aplicar la Ley a esos jóvenes, aunque sea por un delito o falta menor (saltar sobre un torniquete en el metro o por pintar un graffiti), se puede atajar a tiempo y sacarlo del entorno de delincuencia en donde se desenvuelve.
También es importante el trabajo en las cárceles, las cuales se han convertido en los centros más efectivos para obtener un master en delincuencia. Los evangélicos han hecho una labor en las cárceles muy meritoria en la que acercan la religión al preso y una vez que sale libre les consiguen donde vivir, si no lo tienen, trabajo también y le devuelven un sentido de pertenecer a una comunidad que los apoya de alguna forma. La última estadística que vi al respecto señalaba que los reos que se unían a estos grupos religiosos tenían una rata de reincidencia del cincuenta por ciento, que para los demás reos es más cercana al ciento por ciento.
¿Qué hacemos nosotros en esta situación?.
Primero: Desechar la parálisis que nos produce el miedo y convertir ese miedo en acción para apoyar a resolver el problema.
Segundo: Ejercer el control político de nuestros representantes en el gobierno a través del voto a favor de aquellas personas que estén orientadas verdaderamente a la solución del problema y que manejen un lenguaje propio de la Cultura de Paz.
Tercero: Existe una propuesta de comprar las armas ilegales y destruirlas inmediatamente preservando la identidad de la persona que las rinden. Podríamos ser activos en el apoyo de esta propuesta.
Cuarto: Conversar del tema. Promover y participar en todos las colectividades a las que pertenecemos, el condominio, el club, la asociación de vecinos, el consejo comunal y la escuela, para conversar con todos sus miembros, apoyarse en personas conocedoras de la materia y tomar acciones preventivas de la delincuencia, las tradicionales, pero entre otras las que tienen que ver con el manejo de la violencia que ha contaminado todos los ambientes (nos hemos vuelto más agresivos con nuestros vecinos, en el tránsito, en las escuelas, etc.), promoviendo programas de cultura de paz; el apoyo a las comunidades que nos son aledañas y que tienen mayores problemas de violencia e inseguridad y apoyar actividades que promuevan el deporte y la recreación sana o aquellas que ayudan al drogadicto.
En conclusión, podemos convertir el miedo en un estímulo para actuar en beneficio propio, de nuestra familia y de nuestra colectividad y al hacerlo reabriremos la puerta de la esperanza tan necesaria para el bienestar y la felicidad de todos nosotros.

lunes, 23 de agosto de 2010

La Felicidad vs. El Estrés.


El estrés se manifiesta en la activación de mecanismos orgánicos de emergencia vinculados a la supervivencia, que se producen por cualquier estímulo, circunstancia o hecho, pensamiento o sentimiento real o imaginario en un ser vivo.

El estrés está vinculado a las reacciones más primitivas de los seres vivos y en el caso de los seres humanos se ha convertido en una de las causas más importante de enfermedades o de su agravamiento. El estrés produce en las personas la pérdida de la paz y el equilibrio necesario para la vivencia de la felicidad.

La diferencia fundamental entre las situaciones de estrés a las que estaba sometido el ser humano en la edad de piedra, con las que está sometido el ser humano moderno, consiste en que el primero sufría situaciones de estrés ocasionales y que se resolvían con cierta rapidez; en cambio el segundo es víctima de situaciones de estrés que permanecen en el tiempo sin resolverse.

Cuando un homo sapiens primitivo se veía acosado por un predador felino de gran tamaño (situación detonante del estrés), se le presentaban dos opciones básicas frente al evento, huir y protegerse en un lugar en donde no era alcanzado por dicho animal o con su lanza, palo, piedras, etc., decidía enfrentar al mismo para, a lo sumo espantarlo, y así lograr su cometido. Evidentemente, cualquiera de las dos opciones podían fracasar terminando devorado por la fiera, pero no vamos a considerar esa opción que eliminaba el estrés de manera definitiva y absoluta. Si el evento generador del estrés se agotaba, también sus consecuencias.

El hombre moderno en muchas ocasiones no tiene la posibilidad de huir ni de enfrentar (solventar) la situación que le ha producido estrés y los efectos del mismo se vuelven crónicos o semi permanentes.

¿Qué produce el estrés en el organismo?. Si decidimos hacer dieta, por ejemplo, el organismo activa sus mecanismos de defensa en caso de hambre (se estima que la especie humana fue exitosa en su sobrevivencia porque logró soportar largos períodos de hambruna, capacidad está que está programada en sus genes) y el metabolismo se desacelera de tal manera para ahorrar toda la energía que sea posible, por esto es que la gente se queja de que al hacer dieta muy estricta no puede adelgazar, las mujeres pueden hasta suspender su período menstrual, etc.

En situaciones de peligro como las arriba descritas, el organismo segrega adrenalina la cual produce el espesamiento de la sangre (mecanismo que puede evitar una hemorragia por una herida), aumenta la presión arterial y los latidos de corazón e incrementa la capacidad de respuesta física. Pero la adrenalina es una sustancia dañina para el organismo, nos ayuda en estas situaciones pero pagamos un precio por ella y más cuando se mantiene la situación de estrés en el tiempo lo que garantiza que la hormona se sigue segregando continuamente.

Sin embargo, la ausencia de estrés en nuestras vidas tampoco es favorable al ser humano. Estamos diseñados para sobrevivir en situaciones adversas y somos capaces de lograr grandes cosas cuando estamos sometidos a situaciones de estrés, porque en estas circunstancias ponemos de manifiesto todas nuestras potencialidades. Un deportista no puede ser exitoso si no tiene el arrojo de dar el máximo de si mismo en una competencia, o un ejecutivo o empresario, si no es capaz de asumir riesgos razonables o una persona luchar con empeño para lograr hacer realidad un sueño que para otros luce como una locura. El empeño, la lucha para lograr ese triunfo nos hace segregar endorfinas que se conocen como las drogas de la felicidad. El ser humano liberado de manera absoluta del estrés está condenado a la decadencia y a su extinción.

Entonces ¿Cuál es el reto aquí?. Que volvamos al pasado, pero con todas las herramientas y experiencias acumuladas en estos poquísimos siglos de civilización, para que identifiquemos los estímulos estresantes que estamos recibiendo y decidir cuáles son irresolubles o por lo menos los que no están en nuestras manos resolver y sacarlos de nuestro camino (huir de ellos) y los que si constituyen una responsabilidad personal y que están dentro de nuestras capacidades resolver (también los que pueden ser resueltos identificando a quiénes necesitamos pedir ayuda o que recursos externos debemos conseguir para ello), planificar y poner el empeño necesario para el logro del éxito de la empresa.

Si se fracasa en el intento, adquirir la experiencia como un aprendizaje para seguir en esa lucha o para futuros retos.

En todo esto lo difícil es lo primero (escoger que vamos a enfrentar y de que vamos a huir) porque normalmente cuando tenemos que tomar una decisión ya estamos sufriendo las consecuencias del estrés y esto nos nubla el entendimiento y nos genera angustia, miedo, etc. Para éllo se requiere disponer se herramientas de relajación, de meditación y prácticas ya muy conocidas como las tormentas de ideas, la búsqueda de otra persona para que te sirva de espejo (psicólogo, sacerdote, coach, amigo, colega, etc.) que te puedan ayudar a sopesar cada situación, desechar las que no tienen remedio o no tiene importancia alguna o que no puedes solventar y a ordenar las ideas y las estrategias y pasos a seguir de las que si te corresponde acometer.

También tenemos que identificar todos aquello inútil a lo que solemos dar mucha importancia, las peleas y discusiones que no enriquecen a nadie, las situaciones que no resolvemos por abstenernos de conversar, de los perdones que la soberbia no nos permite pedir o de dar y centrarnos en lo que es profundo e importante de la vida, incluyendo en esto último, lo que pareciere banal pero que sea fuente de felicidad, de amor y de paz.

Al lograr este equilibrio en nuestras vidas, podemos disfrutar del placer en los retos que acometemos, sabiduría en los fracasos, encuentro con las potencialidades que tenemos y que tienen las personas a nuestro alrededor y que desconocemos, esperanza en un futuro mejor y un modelaje positivo para aquellos que les tocará substituirnos en esta lucha por un mundo mejor y más feliz.

lunes, 16 de agosto de 2010

La Discriminación vs La Felicidad.


La discriminación está fuertemente arraigada al ser humano y se manifiesta, entre otras cosas, a través de los prejuicios. Cuando nuestra actitud discriminatoria afecta la dignidad o deshumaniza a una persona, estamos afectando nuestra propia dignidad y humanidad.
Existe una discriminación legítima y válida. Cada quien tiene el derecho a escoger, con exclusión de otras personas, sus amigos, su pareja, sus socios y pertenecer a una colectividad determinada en la que comparte valores, intereses, proyectos, visiones, etc. Resulta, pues, válido pertenecer a un club deportivo, a un colegio profesional, a un partido político, etc., siempre y cuando la discriminación no se vuelva odiosa o ilegítima y esto sucede cuando esté basada en el sexo (ahora la llaman de género incluyendo en esto la orientación sexual), raza, religión, condición social, posición política, etc.
Tenemos una actitud prejuiciada de base. Cuando conocemos a una persona por primera vez involuntariamente le hacemos una evaluación fugaz y emitimos un juicio, que proviene de todos ese bagaje acumulado a lo largo de nuestra vida y de la intuición. El asunto no implica dejar de hacerse una idea preliminar de una persona que se acaba de conocer, pero debemos reconocer en nosotros que prejuicios manejamos (asunto duro y complejo), pero a lo sumo darle a la otra persona el beneficio de la duda y permitir que el tiempo nos muestre como en realidad es.
Cuando discriminamos en forma ilegítima dejamos de reconocer todas aquellas cosas que nos identifican con las demás personas y que nos hacen parte de una misma humanidad. Esto es así porque las diferencias que usamos como fundamento de este tipo de discriminación no están basadas en razones de peso o válidas, sino son superficiales o casuales, como puede ser el color de la piel o el sexo con el cual nacimos o esas diferencias que devienen de razones sociales o culturales, que dependen de haber nacido en una familia determinada, un grupo social o religioso o un país determinado.
Esto me hizo acordar de una tira cómica de Mafalda en la cual decía: “Amo a Argentina porque nací en Argentina, amo a China porque nací en China, amo a Francia porque nací en Francia”; y remataba con la pregunta: “¿Nacionalismo o comodidad?.”
No podemos vivir plenamente la felicidad si no asumimos una actitud “ontológica”, es decir, que busca reconocer en los otros seres humanos lo que nos es común, no lo que nos diferencia. Si sentamos las bases de nuestras relaciones en lo que nos identifica y manejamos las diferencias desde el respeto, la aceptación del otro (otredad), el diálogo (confrontación válida y enriquecedora), la empatía y la resolución de conflictos (cuando partimos de la reconciliación), exaltamos la dignidad y humanidad del otro y a la vez la nuestra.
Esto se vuelve muy importante cuando en una sociedad determinada se evoluciona desde el prejuicio a la aceptación del otro como pasó en Estados Unidos cuando fue “prohibida” la segregación o en Suráfrica cuando se superó el apartheid. En estos casos se requiere lograr la reconciliación de las posturas intolerantes que existían. Para que esto sea posible es necesario reconocer las posturas discriminatorias que se han asumido y los errores cometidos. En estos casos este reconocimiento no solo corresponde a los “agresores” sino también de las “víctimas”, que en muchos casos asumen posiciones de rechazo de sentido contrario. Esto requiere que haya este reconocimiento, el pedir perdón y perdonar.
Cuando estos procesos de reconciliación no se producen, puede suceder que las “víctimas” se convierten en “agresores” de sus victimarios o de otras personas distintas.
Esto es tan natural que normalmente una persona que ejerce la violencia doméstica, ha sido a su vez víctima de esa violencia en su infancia.
Por otra parte, hay que tener cuidado con las etiquetas que  han puesto de moda personas que presumen de antiracistas. Sabemos que en cuanto a raza, hay colores que desde el punto de vista genético son dominantes como son los de los colores de piel y ojos oscuros o el cabello rizado. Una persona que es hija de un padre de piel y ojos claros y de otro que es de ojos oscuros (asumiendo que son portadores de esas características sin poseer el gen recesivo), debería ser de piel y ojos oscuros, pero su herencia genética es totalmente mestiza, aunque su fenotipo sea idéntico al padre de colores oscuros. Entonces ¿como se puede etiquetar a esta persona como afrodescendiente o indodescendiente o sinodescendiente o nativodescendiente o latino, etc, cuando tiene tanta información genética de un padre como de la otra?. Es como pretender que se es hijo del padre y no de la madre o viceversa. El mundo en realidad esta lleno de mestizos, porque solo tenemos 50.000 años que salimos de África, es decir todos somos afrodescendientes y desde el punto de vista génetico existe una única y válida diferenciación entre los seres humanos, distinta al sexo (con los casos raros de sexualidad intermedia) y está basada en la teoría de las nueve madres. Según esta teoría, el ADN mitocondrial, que es el que está en plasma de la célula y que pasa de generación a generación de madre a hijos, no de padre a hijos, puesto que el óvulo aporta además del ADN nuclear de la madre, el ADN del plasma, solo existen nueve ADN mitocondriales diferentes en el mundo. Todos y cada uno de los seres humanos tiene un linaje heredado de su madre y que lo hace pertenecer a una determinada madre originaria de entre las nueve que hemos señalado. Por cierto, hasta el momento no se ha determinado que alguna característica que incida en el fenotipo externo, tenga que ver con una u otra familia "mitocondrial". Por esto todas esas etiquetas me generan sospecha, puesto que solo los racistas más acérrimos son amigos de las etiquetas. Un antiracismo con etiquetas es también excluente y por ende racista y más cuando no tiene ningún fundamento lógico, práctico ni científico. Un ser humano es tan ser humano como otro.
Cuando rechazamos las injusticias y los maltratos recibidos o recibidos por otros, debemos reconocer que la potencialidad para cometerlos vive en nosotros, porque de lo contrario, en otras circunstancias podemos ser los agentes de tales agresiones.
La falta de una verdadera reconciliación en la primera guerra mundial, llevó a Europa a la siguiente guerra, la cual tiene hoy 65 años de terminada. El gran esfuerzo de la mayoría de las naciones vencedoras en esa última gran guerra, logró que Europa comprendiera que la unificación era su camino y la reconciliación lograda los ha hecho exitosos en este esfuerzo. Me gustaría ver el ejercito Alemán en los desfiles de celebración del fin de la guerra. La guerra hoy por hoy, la ganaron todos los que hoy conforman la Europa unida.
Lo mismo sucedió con Japón que resurgió de la guerra como una fuerte democracia integrada y factor fundamental del progreso mundial, aunque tiene mucho por hacer con sus hermanos asiáticos para terminar de cerrar las heridas infringidas; no es suficiente asumir una posición pacifista y antinuclear, sino que asuman su responsabilidad en esa guerra y en especial la que corresponde a la Casa Real. Tal como lo hizo Juan Pablo II ante el Muro de los Lamentos por todas las persecuciones y agravios al pueblo judío hecho en nombre de la Iglesia Católica Romana.
Finalmente, hizo acto de presencia el embajador americano acompañado del Secretario General de la ONU, en Hiroshima, este año, como una forma de reconocimiento del horror de la guerra nuclear; una guerra, en este caso, declarada por el Gobierno japonés. Llegó el momento en que cada quien asuma su responsabilidad.
Hoy preocupa las similitudes que puede tener el régimen impuesto a la franja de Gaza con el que se instituyó en el gueto de Varsovia.
En nuestro caso, Venezuela, tenemos un gran reto de reconciliación. Entendemos que la reconciliación requiere una voluntad de dialogo entre posiciones encontradas y si hay personas o grupos que rechazan el dialogo, no nos queda más que dialogar con el que si quiera hacerlo, pero para ello debemos reconocer nuestros errores y faltas, reclamar los agravios recibidos, perdonar y pedir perdón y construir un consenso basado en lo que nos une y no en lo que nos separa, con una voluntad sincera de conciliar esas diferencias.
Se preguntarán como la discriminación nos lleva a la guerra. Cuando se siembra la injusticia, el odio y por ende la discriminación, lo único que podemos cosechar es la violencia y la guerra. Requerimos la paz para ser felices, pero élla no es posible sin un compromiso de todos, de justicia, respeto, solidaridad, tolerancia, diálogo y resolución pacífica de los conflictos. La felicidad requiere de las personas y de las colectividades abrazar la Cultura de la Paz.

lunes, 9 de agosto de 2010

La Responsabilidad y la Felicidad.


Resulta una necesidad ineludible de todo ser humano a lo largo de su vida, la de asumir la responsabilidad de sus acciones y omisiones, voluntarias o involuntarias y reparar en la medida de lo posible el daño causado. Hacer lo contrario lo alejaría de la vivencia de la felicidad.
Hace un tiempo leí acerca de la noción del pecado del teólogo greco ortodoxo Gregorio de Pálamas. Él sostenía que el pecado era algo más que los 10 mandamientos; lo definió como: “la manifestación de la imperfección del ser humano”.
Esto cambia profundamente la concepción tradicional del pecado que considera que se es libre de responsabilidad si se ha actuado sin mala intención o sin poder ser imputable del acto u omisión. Pálamas señala que al actuar sin mala intención e incluso con buena intención, se puede causar un daño a otro, y aún en estos casos estamos obligados a pedir perdón y hacer lo que sea posible para reparar el perjuicio causado.
Hay quienes pueden ver esto como un atentado a nuestra auto estima o como una forma de llevar la condición de pecador al extremo de no ser posible lograr la santidad; pero esto no es así.
Esta visión nos puede dar una perspectiva más humilde frente a la vida, al reconocernos verdaderamente imperfectos o mejor dicho perfectibles en grado superlativo, haciendo más retador el objetivo fundamental del ser humano, que he llamado primario, y que consiste en el compromiso de ser todos los días una mejor persona. Esto trae como consecuencia una actitud más comprensiva ante la imperfección, que comparten con nosotros, las demás personas, y a tener presente la sentencia bíblica: “Con la vara que midas, serás medido”.
En las cartas anteriores hemos señalado que la felicidad tiene que ver con una actitud ante la vida y ante nosotros y los demás, que requiere manejar el perdón, el que pedimos, el que otorgamos y el que nos otorgamos, como parte del “mantener limpia la casa”, ante la posibilidad de que la muerte se nos presente “como un ladrón que entra en nuestra casa inesperadamente en la noche”, en la necesidad de conocernos y conocer a los demás y en el aprendizaje tan importante que obtenemos de los errores cometidos .
En fin resulta difícil encontrar la paz y el equilibrio necesario para vivir la experiencia de la felicidad si no asumimos que solo depende de nosotros el logro del reto de vivir la felicidad, haciéndonos responsables de nuestros actos y omisiones a lo largo de la vida que nos lleven en sentido contrario y hacer las correcciones y ajustes que la experiencia y el tiempo nos vaya enseñando.
Para asumir una actitud responsable ante la vida requerimos aceptar el hecho de que tenemos el control de nuestra vida, e incluso en situaciones extremas, como en el caso de una persona mantenida en prisión, quien puede conservar un espíritu libre, convicción ésta, que no puede ser destruida por las cuatro paredes que encierran su humanidad.
Si queremos saber cuanto control tenemos sobre nuestras vidas, debemos tomar conciencia de nuestras declaraciones con relación a lo que nos gobierna. Si nuestras declaraciones apuntan a que son otros los que determinan lo que hacemos (es culpa del país, de la situación económica, de los políticos, de nuestra pareja, porque nací pobre o fui huérfano desde chiquito), como reaccionamos (si nos paraliza el miedo, la depresión o la desilusión, o nos la pasamos criticando todo a nuestro paso) o en definitiva como vivimos, podemos decir que tenemos un “locus de control externo”, es decir, la llave de la felicidad la hemos puesto en manos de otros.
Si por el contrario reconocemos nuestra responsabilidad, declaramos nuestros objetivos y no nos excusamos en lo que digan o hagan o dejen de hacer los demás, podremos decir que tenemos el control de nuestras vidas (locus de control interno) y por ende tenemos el poder de buscar, obtener lo que nos propongamos razonablemente y la posibilidad cierta de declararnos felices en el hoy y en el ahora.
Otra situación que alude al control externor se refiere a las personas quienes identifican la felicidad en el encuentro de la persona amada. Erick Fromm en su libro “El Arte de Amar”, nos enseña que el amor (nuestro) no está en el otro, es una competencia que podemos adquirir y practicar, y así mismo, al aceptar que está en nosotros, tenemos el poder declarar el amor para que se haga realidad; pero la felicidad a través del amor es tema para otra página.

martes, 3 de agosto de 2010

La Felicidad Dionisíaca.


Dionisios, conocido por los romanos con el nombre de Baco, es el dios de vino y por ende de la fiesta y la celebración, orientado hacia el amor y la felicidad en este mundo.
Los dioses griegos en general han ganado nuevamente relevancia a partir de Karl Jung, quien introdujo a la Psiquiatría una metodología de análisis de los arquetipos humanos, relacionándolos con las características, virtudes y defectos de estos personajes mitológicos, fundamentado en el hecho de que a pesar de ser seres superiores con poderes sobrenaturales, suelen tener características humanas, incluso pueden cometer errores y ser engañados por otros.
Uno de los junguianos más reputados y estudioso de los arquetipos, Rafael López Pedraza, escribió un libro dedicado a esta deidad llamado “Dionisio en el exilio”, orientando su obra al hecho de que la sociedad occidental actual regida por la cultura judeo-cristiana (monoteista) ha menospreciado y se ha distanciado de las ventajas del “culto dionisiaco”.
Hay historiadores que han resaltado la importancia que tenía Dionisios para las sociedades del mundo antíguo, que incluso ven en el milagro de la conversión del agua en vino por parte de Jesús de Nazaret en la bodas de Canán, como una forma de resaltar el origen sobrenatural del mesias, al identificar este episódio con el rito de los custodios del culto a Dionisios que consistía en colocar ánforas con agua en el templo que eran convertidas en vino durante la noche por el mismo dios.
Independientemente de la consideración acerca de la veracidad del anterior comentario, si asumimos como verdadera la anécdota de las bodas de Canán, tenemos que aceptar que Jesús tenía una visión "dionisíaca" de la vida, que valoraba el disfrute sano de la vida con la vista puesta en la cruz.
Como parte del trabajo que hemos venido desarrollando se ha resaltado la importancia del disfrute de la felicidad en el momento presente, de las bendiciones que hemos recibido, de los logros alcanzados y de los aspectos más simples de la cotidianidad.
Si bien es cierto que referirse a Dionisio estamos invocando la fiesta y la bebida, hay que entender que este dios nos invita a disfrutar del amor (de pareja) y además con una inspiración más profunda vista desde la conciencia plena de nuestra finitud o mortalidad inminente.
Para entender esto hay que ver el linaje de este dios quien en unas historias se señala que es hijo de Zeus (dios de dioses) y Perséfone, conocida como la diosa del inframundo, pero en otras historias se le señala como hijo de la mortal Semele, quien muere ante una explosión de energía de Zeus y cuyo feto (Dionisio) es transplantado al muslo de Zeus para preservarlo hasta su nacimiento. En esta última versión Dionisio desciende al inframundo a rescatar a su madre de la muerte.
Esta dualidad entre su vivencia y conocimiento del inframundo y la correspondiente vida alegre, no es en absoluto contradictoria, es precisamente el convencimiento de la realidad e inminencia de la muerte como motor poderoso del disfrute de la vida.
Este conocimiento de la muerte no resulta fácil para los humanos, porque de pequeños logramos percibir a través de la razón (neo cortex) que la muerte es una realidad y aprendemos racionalmente acerca de nuestra propia mortalidad. Este conocimiento lo manejamos de manera muy superficial, puesto que a esas edades vemos la vejez y la muerte (ésta más como consecuencia de la primera) como un hecho distante, el cual se exacerba en la juventud en la cual surge una idea de inmortalidad que nos lleva a realizar actos audaces y sumamente riesgosos.
Si en algún momento sufrimos la muerte de un ser querido, la “idea” de la muerte se combina con un sentimiento muy fuerte de tristeza o de pérdida (límbico) y en algunos casos puede identificarse con la propia muerte y puede convertirse en miedo, pero esto no es común.
Cuando una persona enfrenta una situación de muerte que puede producir pánico, bien sea que la persona haya sufrido un episodio cercano a la muerte (esto se ve mucho en personas que sufren de infartos), en los cuales la sensación de la muerte se aloja en el abdomen, se vuelve viseral, primitiva (reptilíneo), y que puede provocar reacciones orgánicas importantes vinculadas principalmente a la secreción de adrenalina. También se puede producir esta situación cuando somos informados de que nuestra muerte tiene fecha fija (condenado a muerte) o por lo menos estimada en un plazo relativamente cercano (enfermedad terminal).
En estos últimos casos el conocimiento de la muerte se apodera de nuestro cuerpo en su integridad y adquirimos la habilidad de percibir lo que es realmente importante de la vida y comienza a surgir la urgencia de resolver asuntos trascendentes, dejando de lado lo fútil. Esta actitud nos puede permitir valorar el presente con mucha intensidad, convirtiéndonos en personas profundamente dionisíacas, disfrutando intensamente cada momento, pero con una conciencia clara de nuestra finitud, con un pié en este mundo y el otro en el más allá.
Es evidente que una persona, que tenga fe en la promesa de una vida eterna en el más allá, tiene mayores posibilidades de rescatar el hoy, porque sabe que vamos a transitar el camino al encuentro de nuestro creador. El que carece de fe, puede caer en profunda depresión o ser dominado por un pánico incontenible, porque el fin que se le viene es definitivo e irremediable.
El otro aspecto poco conocido de Dionisos es su venganza. Esta venganza recae sobre las personas que no permiten que el amor de pareja entre en sus corazones y terminan embrujadas por un amor falso o irreal que los lleva a “morir” (en el sentido simbólico) despedazados. Es el castigo de los que renuncian al amor.
Esto nos lleva a que el disfrute de la felicidad en el ahora debe conllevar a saborear lo sabroso y agradable que se nos presenta, en desarrollar nuestra capacidad de amar y de vivir el amor, pero siempre con la visión del más allá que a todos nos espera.

domingo, 25 de julio de 2010

Conoce a los demás para ser feliz.


Si hemos logrado tener un conocimiento personal razonable, estaremos en mayor capacidad de conocer a los demás. El concocimiento de las personas constituye una competencia y un patrimonio muy valioso de información, porque nos lleva sólo a tener, respecto de éllas, expectativas reales, para poder encontrar la forma de compartir juntos la vivencia de la felicidad.
El conocimiento de las otras personas tiene como barrera la auto percepción. Si tenemos una auto estima excesivamente elevada, posiblemente exagerada, podemos caer en la tentación de pretender que las demás personas cumplan esos parámetros de perfección que creemos detentar.
Si tenemos realmente valores muy elevados o somos muy exigentes con nosotros mismos, debemos respetar el derecho del otro a regir su vida según su libre albedrío (sin que esto implique liberarlo de su responsabilidad) y aceptar que es válido que la otra persona tenga una visión diferente acerca de la vida (aceptación del otro o respecto a la “otredad”).
En estos casos puede suceder, así mismo, que al negarnos a ver nuestra sombra, lo que hacemos es proyectarla sobre los demás. Es más común de lo que puede parecer atribuirle defectos o fallas a otros que son propios.
También nos sucede que solemos proyectar en las personas nuestras mejores expectativas, colocándolas en un pedestal, con el inconveniente de que al cometer algún error o falta, se nos derrumban como pasa con un ídolo con pies de barro; todo esto pasa por habernos creado expectativas irreales que están más en nuestra mente que en la otra persona, produciéndonos decepción y tristeza. Si logramos evaluar y valorar a las personas tal cual son, no nos crearemos expectativas irreales.
Por supuesto debemos ser cuidadosos cuando nos encontramos con alguien que parezca demasiado perfecto o cautivador (cuando la limosna en muy buena hasta el santo desconfía). Esta es la clave del éxito de los estafadores. También debemos aceptar que existen personas psicopática (asesinos seriales, mitómanos, etc.) quienes por las características de su enfermedad carecen de moralidad (no son inmorales, son amorales), lo que les permite engañar a los demás con mucha facilidad.
Tarea compleja cuando todos en alguna medida proyectamos una imagen que dista en algo o mucho de la realidad. En estos casos utilizo una técnica que consiste en observar y escuchar con mucha atención a las personas (sobretodos para detectar sus incoherencias e incongruencias entre lo declarado y lo actuado) y utilizo la siguiente metodología:
1.- Observo el comportamiento en situaciones extremas que la afecten o a personas relacionadas con élla. Creo que, aunque es la forma más fácil de evaluarla, no es común ver a alguien actuando en estas circunstancias.
2.- Observo el comportamiento de la persona en las situaciones más insignificantes. En estos casos la persona baja sus defensas y suele manifestarse de manera más auténtica, lo que permite que lo dirijan sus valores y sus debilidades reales, no la retórica o la apariencia.
3.- Observo su comportamiento con otras distintas a mí. Si veo que se comporta mejor conmigo que con otras, estimo que en alguna oportunidad voy a recibir el mismo trato.
Por supuesto que existen técnicas más elaboradas como el uso de la Programación Neurolinguística, la observación del "body language" y creo que la más importante que es el uso de la intuición, que resulta una percepción no necesariamente basada en elementos objetivos, pero que consiste en una percepción a nivel inconsciente de un conjunto de señales que nos aporta la otra persona y que nos permite hacernos de una idea acerca de élla. Creo que es muy util la intuición pero no debe usarse sino como una señal de prevención que nos lleve a afinar nuestros sentidos para poder respaldarla o deshecharla con fundamento.
Recabando esta información establezco las virtudes y los defectos de la otra persona, agradezco sus virtudes y no me creo falsas expectativas de mejora de sus defectos; si son soportables, establezco un “modus vivendi” y en caso contrario guardo mi distancia sin darme mala vida.
Con este marco de acción establezco, por ejemplo, entre una persona que considero amiga o una simple "amistad". Puedo compartir y disfrutar mucho de la “amistad”, socializar, conversar y pasar un buen rato, sin esperar que un comportamiento más allá. Con un amigo, por el contrario, además de disfrutar o compartir un rato de superficialidad, puedo contar con su apoyo, en la medida de sus posibilidades y potencialidades, en caso de encontrarme en un mal momento.
Si logramos esto podemos comenzar a ver a los demás con una perspectiva más real y humana, comenzar a ser más humildes y más comprensivos de las debilidades ajenas y vivir esta fabulosa experiencia de conocer gente como parte de la felicidad. Al final de todo “Homo sum et nihil humanum a me alienum puto”(soy humano y nada humano me es ajeno) (frase de Terencio.)