lunes, 19 de julio de 2010

Conócete a ti mismo para ser feliz.


Solo una persona que se conozca a sí misma puede saber con certeza que es lo que realmente la hace feliz. Este autoconocimiento resulta difícil y requiere la honestidad suficiente para ver nuestras luces con ponderación y nuestras sombras con humildad.
Esta habilidad o competencia de autoconocimiento no nos la enseñan de manera sistemática; normalmente se adquiere a golpe y porrazo, además de constituir una labor que nos puede llevar toda una vida.
Cuando niños, en el proceso de formación de nuestra personalidad, estamos rodeados por nuestros padres o de cualquier otro adulto quien manifiesta, normalmente con contundencia, sus propias “certezas”, sumado a una sociedad que está convencida de cuál debe ser el camino de todos.
Arrancamos nuestra vida haciendo propios, ideales y visiones de vida que no nos pertenecen y mostrando una imagen muchas veces inspirada en lo que se espera de nosotros y no basada en lo que queremos, sentimos o pensamos.
En la juventud, surge un deseo incontenible de encontrar nuestra individualidad (individuación) y la forma de manifestarla es por contraste con la que nos ha sido modelada por las personas que ejercían autoridad o incluso de aquellas quienes eran objeto de nuestra admiración, sin haber hecho una evaluación acerca de los que vale la pena preservar y lo que se requiere superar o cambiar.
Este proceso que resulta totalmente normal y que en algún libro de psiquiatría leí se llama figurativamente como “el asesinato de la madre” (por ser el vínculo más fuerte, no porque se deje de cuestionar también al padre). Al ser un proceso indisciplinado de búsqueda, termina siendo de imitación de nuestros iguales: “somos uno más del montón que alega ser diferente” .
Para resolver este dilema tenemos que comenzar por el camino más directo: declarar, hacer y buscar en esta vida aquello que amamos realmente, lo que nos apasiona, aquello que no podemos sacar de nuestra mente, perseguir nuestros sueños, o los ajenos a los que nos sumamos con entusiasmo.
Debemos tener un piso firme de valores de los que estamos convencidos, no los impuestos, poner nuestro corazón (pasión) y nuestra mente para darle estructura a ese objetivo y si logramos identificar las herramientas que tenemos y las que requerimos adquirir, seremos muy exitosos.
Si ese objetivo resulta evasivo, aprovechar y sacarle provecho a lo que nos toca vivir por necesidad o compromiso, que seguro ésto abonará de alguna forma el terreno para que finalmente seamos exitosos, pero siempre focalizados en el objetivo final.
Esto nos resuelve la parte de la luz, pero queda sin develar el conocimiento de la sombra que vive adentro.
La sombra no es más que la verdad interior; normalmente, en cuento a la propia, cuando sabemos en que consiste, es la que no queremos revelar, pudiendo incluir aquello que nos avergüenza o lo que simplemente no queremos mostrar (P.ej.: se puede ocultar la sencibilidad para parecer rudo).
Suele ser mucho más fácil ver la sombra en el otro (la paja en el ojo ajeno) que ver la propia (la viga en el propio). Podemos tener algunas formas de verla, cuando nos critican algo o nos cuestionan o nos dan una retroalientación y logran revolvernos, porque nos están poniendo en evidencia. A veces el comentario puede ser incorrecto o inadecuado en la forma, como en el caso del insulto, los descalificativos o juicios que no cuentan con afirmacines suficientes para respaldarlos (hechos concretos). Pero creo que somos capaces de diferenciar con claridad cuando nos han conseguido "la caída".
Otras veces la sombra la ponemos de manifiesto cuando nos justificamos reiterativamente con todas las personas sobre algún asunto en que no estamos seguros de haber actuado bien, buscando aprobación.
Por último, cuando justificamos lo que hacemos porque es una decisión colectiva. Cuando la culpa es de Fuenteovejuna no es de nadie y menos nuestra.
En fin no podemos ser felices engañándonos y por eso hay que tener la disciplina de vernos en el espejo e identificar las incoherencias e incongruencias (el contraste entre lo que se hace y lo que se predica) y diferenciar cuando actuamos de acuerdo con los propios valores o en post de nuestros intereses.
Para entender lo escurridiza que puede resultar la sombra, me parece muy aleccionadora una anécdota de José Gregorio Hernández, quien después de haber dejado el paquete de medicinas, por él recetadas, en la puerta de un paciente pobre suyo (lo que hacía evidente para el paciente quien se lo había dejado), dijo: “¿Soy generoso por caridad o por vanidad?”.
El reto consiste en no perder el tiempo para comenzar esta búsqueda, no vaya a ser que lleguemos a viejos o perdamos la salud y mirando en retrospectiva nos demos cuenta que hemos vivido una infeliz vida de veleta o de alguna forma "ajena"....

lunes, 12 de julio de 2010

La Felicidad y los Factores Orgánicos.


Muchas de las manifestaciones de nuestro cuerpo afectan significativamente nuestro estado de ánimo y la actitud que tenemos en un determinado momento; hay algunas muy vinculadas a la felicidad o a la percepción que tenemos de élla.
Como sabemos cuando sufrimos algun problema de salud o una enfermedad, aunque sea leve, vemos afectado nuestro estado de ánimo y esta circunstancia puede entorpecer o impedir que realicemos nuestras actividades cotidianas.
Una gripe, una jaqueca, una rinitis, etc., pueden obligarnos a permanecer en cama sin poder hacer nada más que acudir a medicamentos que muchas veces no atacan la causa sino el efecto. También el comportamiento del metabolismo, de hormonas y otras sustancias producidas por el propio cuerpo afectan seriamente nuestro ánimo, tanto que se sabe que graves desarreglos de este orden pueden inclusive propiciar actitudes suicidas o de desorden bipolar, etc.. Hay otros ejemplos como lo son la depresión post parto y las alteraciones que se producen durante la pubertad.
En cuanto a la felicidad esto nos puede permitir entender que a lo largo de nuestra vida vamos a sufrir estados de salud que van a afectar un número importante de días de nuestra vida. En esta circunstancia, debemos aprovechar todos esos otros días en los que la salud nos favorece para aprovecharlos en la vivencia de nuestra felicidad. En los días malos hay que tener herramientas para poderlos superar de la mejor manera posible.
También esto trae como consecuencia asumir la responsabilidad de cuidar este cuerpo que nos ha sido dado, puesto que de esto dependerá la mayor o menor posibilidad de disfrutar o ser causa del disfrute de las personas que nos rodean. Seguir el consejo de Hipócrates: “Hay que escuchar el lenguaje del cuerpo”. Esto implica reconocer todo lo que nos hace daño, estar pendiente de los cambios o alteraciones que suframos y tener la decisión de consultar a los especialistas oportunamente para evitar que las situaciones empeoren. También hay que saber inculcar la prudencia en los jóvenes, quienes suelen sentirse indestructibles.
En este sentido todos tenemos una carga distinta porque cada quien tiene un legado genético que determina su expectativa de vida, tendencias a ciertas enfermedades, condiciones desfavorables para la salud, como es la propensión al sobrepeso, alteraciones de la tensión arterial, taras o por el contrario mayores defensas para algunos tipos de enfermedades y esto sin contar con problemas de tipo congénito o adquiridos por otras razones a lo largo de la vida, producto de accidentes o exposiciones o sustancias nocivas en el tiempo.
Si a esto sumamos las tendencias autodestructivas que se desatan en algunas personas que pudieran llamarse suicidas, pero que no son tan drásticas como éstas y que llevan a las personas a asumir riesgos excesivos o los que fuman, o consumen drogas o alcohol en exceso, comen demasiado o sin ninguna forma de restricción, que llevan a los extremos de solo vivir, aparentemente, para el placer (los momentos de enfermedad producto de los abusos no suelen ser tan gratos). Por algo existe la oración del bebedor: “Señor si con mi forma de beber te he ofendido, con la resaca, te pago y me quedas debiendo”.
Aquí no estoy pontificando desde la perfección porque en mi caso cuando adquiero peso de más me cuesta muchísimo encontrar la fuerza y la disciplina para restringir la ingesta y recuperar el peso normal, porque además me deleito con todos los licores que provienen de la vid y el alcohol, que constituyen una fuente demasiado fácil de energía para el organismo y por ende casi toda se convierte en grasa. No he fumado nunca y creo que tomé esa decisión porque no confiaba mucho en mi fuerza de voluntad para dejarlo y porque en mi familia ya habían fallecido 2 personas con cáncer del pulmón (no pensé que eso no me iba a pasar a mí).
El otro aspecto que afecta la salud tiene que ver con lo activos que somos, con los pensamientos que generamos y las declaraciones que hacemos, nuestra capacidad de manejar el estrés y nuestras emociones, etc. Todos estos temas los trataré por separado.
El amor nace con el amor a nosotros mismo, pero no un amor indulgente sino serio y con la importancia que debemos darle a la razón por la que estamos en este mundo y también para ayudar otros; sin un cuerpo sano no podremos ser felices ni coadyuvar a la felicidad de los demás.

jueves, 1 de julio de 2010

Imbuido de Felicidad: "En Defensa del Cuerpo".


Resulta deseable en todo ser humano el logro de un desarrollo espiritual con la finalidad de trascender, inclusive durante la vida, a altos niveles de consciencia, de integración con lo eterno, la divinidad o como quiera que se quiera llamar a lo que está más allá, pero nos han dado un cuerpo para que ese espíritu elevado lo habite; entonces, ¿que papel juega ese cuerpo?

Como señalamos en el escrito anterior, esa integración o unión con lo eterno, constituye un objetivo deseable y valioso en la vivencia de la felicidad, pero el desarrollo de la espiritualidad debe ser una faceta que todos debemos cultivar de alguna forma en nuestra vida. 

No todos estamos llamados a lograr un alto desarrollo, otros los menos, lo harán, todo dependiendo del camino de vida que nos toque o decidamos escoger. 

Cuando en las relaciones espacio y tiempo universales, la vida de un ser humano es tan corta como un suspiro (Bushido dixit) y tan insignificante que, un grano de arena en un desierto, sería de mayor entidad que nuestra insignificante humanidad. Por esta causa lo que debemos hacer con este efímero tiempio es enfocarnos en objetivos concretos y no perder el tiempo.

Para alguien creyente en la existencia de la divinidad como rectora de todo lo visible y lo invisible, parece increíble que la creación de este cuerpo efímero, débil e ineficiente carezca de un sentido profundo y trascendente.

Mi sadana o camino o práctica espiritual me ha llevado a identificarme con la sabiduría y las prácticas que propenden a elevar al ser humano y que lo logran en la mayoría de los casos aumentando nuestra percepción de la realidad, la que se percibe y la que pareciera no estamos diseñados para captar.

Como toda creencia, práctica o filosofía, algunos de los seguidores de alguno de estos caminos místicos o espirituales parten de la premisa de que el logro de la elevación máxima (Nirvana) se lleva a cabo mediante el desapego total o casi total de los deseos y apetitos mundanos, de lo material, incluso del que se refiere a las relaciones humanas y las prácticas de las mismas buscan desconectar o apagar la mente por considerarla un instrumento limitado para la comprensión del “todo” y subordinando a la razón de tal forma que al ser adquirido un mayor conocimiento, ésta traduce, de manera imperfecta, el mismo, en palabras para la trasmisión y comprensión de los demás seres humanos.

Aquí vemos casos como el de los monjes y monjas de clausura, los monjes ermitaños del Monte Atos, la monjes tibetanos.

Por supuesto se encuentran casos en donde hay un equilibrio entre lo mundano y lo espiritual y que pudiere darse como ejemplo, la disciplina de la orden de las Hermanas de los Pobres de la Madre Teresa de Calcuta o el Dalai Lama.

Respetando, por supuesto, el camino que cada quien escoge (pienso que tenemos pleno derecho, incluso, a escoger el camino al infierno, al cual goza de grandes adeptos), yo me siento más identificado con algo más parecido a un equilibrio entre lo mundano y lo divino.

A esta conclusión he llegado por la enseñanazas de Jesucristo y Sidarta Buda, quienes buscaban el crecimiento espiritual de sus seguidores pero con la finalidad de repartir en este mundo todas las bendiciones recibidas en ese camino. Esto lo he dado en llamar el proceso de elevación, interiorización y proyección.

¿Y el cuerpo para qué?
Bueno, el cuerpo es un regalo de Dios, una bendición, un don que hemos recibido para usarlo, no para enterrarlo como el solitario denario, para devolverlo igual, sin cambio, sin haberle sacado provecho, sin haberlo usado para prodigar bienestar a los que coinciden con nosotros en nuestro camino (compañeros de viaje). 

También me gusta decir que es una ventana hacia esta realidad limitada que nos rodea y por lo cual no hace sentido que la mantengamos cerrada.

También ese cuerpo nos lo entregaron para que fuera fuente de nuestro disfrute y el de los demás, con el amor y respeto que, con todo lo que Dios nos ha dado, debemos tener.

Jesús fue alguien que amo la vida, compartió con sus amigos, le gustaba comer y en cuanto al vino acotó con un claro sentido de nostalgia, en la última cena: “Ésta será la última vez que beberé el fruto de la vid” y en alguna fiesta, cuando dijo “El vino alegra del corazón del hombre”.

Las religiones, algunas, se han dado a la tarea de asociar el cuerpo con el pecado, cuando el pecado no es más que una elección, una acción u omisión en que se incurre, entre otra cosas, con el cuerpo, pero esto no lo hace pecaminoso al cuerpo sino a quien lo dirige, a su inquilino. Esto se empeora porque el castigo se ejecuta principalmente en contra del cuerpo.

En este sentido nos hacen mucho daño las personas que se han obsesionado por la sexualidad como causa de lo “malo” o como la más importante motivación del ser humano, y que en algunos casos esa obsesión no ha sido más que una forma de proyección de una "sombra", mecanismo por el cual se imputa a otros los pecados que están dentro de nuestra mente y corazón. 

La sexualidad que como seres vivos tiene un fin “divino” de la procreación y que la humanización de la misma la ha llevado a ser una de las manifestaciones del amor de pareja, más allá de la simple función o de un placer genital, a una manifestación plena de comunicación sensual, emocional, verbal, visual, física (kinestésica), gustativa, olfativa y hasta espiritual y se le desconozca como instrumento de realización de la felicidad humana, de un entregarse y recibir, de un amar y ser amado. 

¿Cuanta gente hemos conocido que han sido víctimas de hogares donde no se tocaba, no se lloraba en público, donde no se expresaban emociones? (legado victoriano).

El otro terrible ataque al cuerpo ha sido la falta de autoestima a lo que lo hemos sometido, cuando buscamos en él una belleza que no es suya, que es la que otros determinan, y que modernamente la definen publicistas y empresas o empresarios del entretenimiento, de la moda, etc, creando una cultura de tortura hacia nuestro cuerpo, en un búsqueda inútil de un ideal prácticamente inalcanzable o en todo caso tan efímero como un décimo de suspiro, con actividades gimnásticas y deportivas maratónicas o de carnicería, que suelen llamar cirugía estética. No es que estas actividades sean reprobables, es como todo lo que se hace en exceso o con motivaciones inconvenientes.

Pareciera que olvidáramos la unidad o unicidad del ser humano. Aunque podamos dividirlo en mente, inconsciente, cuerpo, emoción y espiritualidad, sabemos que una emoción puede cambiar la corporalidad y que afecta la salud, física y mental; pero un dolor de cabeza nos paraliza y afecta de la misma forma todas esas otras manifestaciones de esa unidad inseparable.

Pero así como logramos que el cambio o el crecimiento interno se manifieste en el cuerpo, los místicos nos piden que cuidemos el cuerpo, que lo amemos, que lo disciplinemos (no torturemos) y que lo que hagamos para vivir con actos, con gestos, con movimientos, también se proyecte hacia adentro para modificar y enriquecer nuestra emocionalidad, nuestra forma de pensar, nuestra espiritualidad. Un ejercicio sano, un baile, un tocar, abrazar, amar y compartir, también nos hace mejores personas hacia adentro, nos suelta, psicológica, espiritual, emocional, e incluso sexualmente, sobretodo nos hace felices, imbuidos en la felicidad.

Entonces, reconócete bello, por lo que prodigas, reconócete uno y bendito por Dios y vive la alegría y belleza del aquí y del ahora para que te sumerjas en la felicidad.

sábado, 26 de junio de 2010

Felicidad vs Dualismo.


Nos pasamos la vida en la disyuntiva de decidirnos entre dos polos contrapuestos. Todo lo que conocemos está regido por la polaridad y hasta nosotros mismos estamos divididos en dos y la eterna búsqueda no se resuelve hasta que logramos entender que la suma de uno más uno es simplemente uno y no dos. Solo encontrando la unidad en el todo podremos vislumbrar la verdadera felicidad.
El ser humano no es ajeno a este dualismo natural. Debemos todos reconocernos simétricos (o casi simétricos) o la unión de dos partes complementarias, en cuanto a lo físico, “buenos” y “malos”, “hombre” y “mujer”, “consciente” e “inconsciente”, “luz” y “sombra”, ánimus y ánima para comenzar a andar el camino hacia la integración de nuestra entidad y ésta con el todo. En este proceso comienza con el reconocimiento de la espiritualidad en nuestras vidas, que puede incluir la fe en un ser superior o creador, en la concepción que se prefiera. Este sendero es hacia nuestro interior, hacia un verdadero conocimiento de nuestras “verdades” y sus incoherencias e incongruencias. Un camino que nos puede llevar a descender hasta el infierno, ese que tenemos dentro de nosotros mismos y en ese camino dentro de nosotros, podremos crecer y solo haciendo propio ese aprendizaje podremos proyectarlo hacia afuera con acciones en beneficio de otros y así encontrar esa unidad en la que todos esos entre comillas pierden su identidad y también se hacen uno.........León Tolstói escribió un libro llamado "El Reino de Dios está en vosotros", lo que implica que las respuestas fundamentales que buscamos en las religiones están en nosotros, más que en el mundo.
Debemos pués reconocer nuestro dualismo básico entre lo que los psiquiatras llaman “persona” (viene del griego personar o máscara que suena, usada por los artistas) que podríamos definir como la mejor versión que mostramos de nosotros mismos, imagen aunque “buena” siempre tiene su trasfondo, “la sombra”, que no es más que lo que en realidad vive detrás de la máscara. Cuando hablo de la sombra no necesariamente refiero a algo malo, pero si a algo oculto. Nuestra naturaleza nos lleva a resaltar lo “bueno” y ocultar lo “malo” de nosotros mismos, o lo que pensamos que lo es, sin que necesariamente lo sea. La “persona” es necesaria para vivir en este mundo, no tenerla es como andar desnudos en la calle, por tanto esa barrera es sana y necesaria y tiende a mantener la armonía social, lo que puede variar es el grosor o la translucidez de la máscara.......
Esta labor solo puede llevarse a cabo con paciencia y constancia; también nos ayuda una disciplina espiritual o “sadana”, con meditación u oración y usando la mente para ir capitalizando ese conocimiento que no se adquiere de manera tradicional y muchas veces solo se percibe….Con la mente al servicio del espíritu y no al revés
Hasta que comencemos a entender que no hay absolutos y los polos comienzan a desdibujarse delante de nosotros, entenderemos que algo “malo” tiene aspectos o consecuencias positivas y algo “bueno” tiene aspectos o consecuencias de signo contrario.
En filosofía política se dice que no hay mayor contradicción que la que hay entre la “libertad” y la “igualdad”, porque el logro de la primera no hace más que reafirmar la desigualdad y el logro de la segunda sólo se materializa mediante la supresión de la primera. Para encontrar unidad entre dos conceptos aparentemente contradictorios hay que encontrar el elemento integrador o unificador y que la doctrina liberal llamó “confraternidad”. Curioso término político. La integración se logra mediante el ejercicio de la libertad, no solo en el propio beneficio sino en beneficio de la colectividad en la que te desenvuelves, de manera de compensar a quien es menos favorecido por cualquier circunstancia. Pero este equilibrio solo es posible en un régimen de libertades que permita que se pueda evolucionar, y esa libertad permitirá que, aunque se cometan errores, éstos se puedan corregir.
Cuando somos capaces de conseguir este equilibrio, podemos ver la infinita belleza de la verdad y vivir a plenitud una felicidad profunda.
Ante esta tarea, cada día se me hace más difícil sentirme “bueno” y más complejo el acto de “amar”, incluso cuando peco a voluntad, porque no encuentro otra respuesta...... Por eso no me queda más consuelo que el de bajar la cabeza y repetir sin fin: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí que soy un pecador”. “Kyrie eleison, Kyrie eleison, Kyrie eleison”...........

miércoles, 9 de junio de 2010

La Belleza y La Felicidad.

"No hay mujer fea, sino mal acicalada"
Estamos rodeados de belleza natural y creada por la humanidad. Todo el quehacer del ser humano tiene un aspecto estético incluido. La arquitectura o el diseño de casi todo lo que hacemos o construimos, la belleza en todas las artes, en el sentido más amplio de la palabra, la identificación con todas las creaciones bellas de la naturaleza, en lo que vestimos y como nos acicalamos diariamente. Esta inclinación es tan fuerte que utilizamos la belleza como una forma de llamar la atención, captar simpatías y para seducir, además de que somos agobiados diariamente por una publicidad basada fuertemente en esta premisa.

La belleza forma parte de una inclinación natural e instintiva de ser humano, es decir, somos admiradores y buscadores de la belleza por diseño genético. Desde el punto de vista antropológico, y sin ser algo solo vinculado al ser humano, la belleza se convierte en una presunción instintiva de salud y de competencia para la supervivencia de la especie. Por tal razón el ser humano busca mezclar sus genes con personas cuya apariencia física sea bella, para lo cual, entre otras cosas, requiere que exista una cierta simetría o armonía de rasgos esenciales para considerarla tal, de manera que, su descendencia tenga características que, supuestamente, le van a garantizar su supervivencia.

Resulta tan importante la belleza que los estudios hechos en materia de recursos humanos señalan que resulta mucho más fácil encontrar empleo si el o la aspirante tiene un aspecto físico agraciado.

Hombre Perfecto de Leonardo Da Vinci.
Los grandes cultores de la belleza fueron los griegos, quienes produjeron tanta belleza que admiramos hoy en día en la literatura, la filosofía, el teatro, la arquitectura, la escultura y la creación de la democracia, pero los espartanos la llevaron al extremo de lanzar por la roca Tarpeya a los niños que nacieran con algún tipo de defecto (*).

En ese contexto, podemos considerar que la belleza no es ajena a la felicidad, aunque no es lo único ni lo más determinante para lograrla, pero es un elemento importante debido a que, la actitud y el equilibrio o falta de el, frente a élla, puede constituir un factor favorable a la felicidad o de la infelicidad.

La complejidad de la naturaleza humana nos lleva a que el tema de la felicidad no tenga una respuesta tan simple como la que pudiere utilizarse para explicar los hábitos de apareo de las aves y otros animales, puesto que la entidad humana incluye lo racional, lo espiritual y lo Psicológico.

Si bien el ser humano utiliza su percepción instintiva, por una parte y por la otra, una óptica definida por la cultura, la época, la sociedad o el clan al que se pertenece, también interviene su interés, su racionalidad, su emocionalidad, su psique e incluso su espiritualidad a la hora de tomar decisiones fundamentales de vida, incluso en cuanto a  la escogencia de una pareja.

La persecución de la belleza por ella misma puede llevar a la persona a una psicosis en la que se pretende negar la realidad del envejecimiento y de la muerte, actitud que nos impide adquirir la experiencia de crecer y evolucionar como seres humanos viviendo una parodia de vida (este tema lo trato en Mi Libro de la Muerte http://vivir-la-felicidad.blogspot.com/2013_03_10_archive.html ). 

Esto no implica que adverse esa natural tendencia a arreglarse y hacer una esfuerzo para mejorar la apariencia personal. También esta actitud constituye una suerte de regalo a las personas que nos observan: Les resulta grato y alegra la vida a la gente y constituye un elemento fundamental para la construcción de una autoestima necesaria para ser exitosos en la vida. 

En mi caso me encantan las mujeres coquetas, no importa la edad, apariencia o condición física. Uno de los más gratos recuerdos de mi vida se refiere a mi abuela materna (no digo su nombre de pila porque ella lo consideraba feo y no le gustaba que la llamáramos más que Cocó, nombre que le atribuyó mi querida prima Isabelita Afonzo de Rodriguez). A sus noventa y tantos años, todavía le dedicaba diariamente dos horas completas a arreglarse, aunque se fuera a quedar en casa todo el día. Cuando fue hospitalizada en su última enfermedad a los 98 años, no permitía la visita de sus médicos a la habitación, sin estar debidamente arreglada, como toda una dama. Afortunadamente toda su descendencia femenina heredó esa coquetería que yo admiro en toda mujer. Siempre digo que no hay mujeres más bellas que las Petersen.

En cuanto a la cirugía plástica, pienso que la moderación es la mejor práctica. Se puede envejecer bello y lo más importante con dignidad.

También desde el punto de vista psicológico la belleza constituye una proyección de nosotros mismos. Lo que el observador reconoce hermoso en su persona, en lo externo o en lo interno, lo proyecta en otros y lo identifica como tal, al igual que se proyecta en otros los valores más preciados y hasta los defectos.

Esto implica que para percibir la belleza debe haber no solo una concepción interna de la misma, sino también una actitud pro belleza que permita identificarla o distinguirla cuando se tiene enfrente. 

Lo que no se distingue no se es capaz de verlo, y más cuando se está en la búsqueda de esa belleza que está en el otro, en su interior, incluso en las manifestaciones del alma del observado, y aquí, resulta importante que ese acto de observar y me atrevería a añadir, ese escuchar, requiere ser candoroso, para poder observar con asombro y de forma amorosa esa belleza que se distingue, para lograr compensar, en esa persona, lo que no es tan bello, con lo que lo es de forma superlativa.

Cuando nos limitamos a lo superficial perdemos la riqueza intrínseca de lo hermoso, como si simplemente observáremos una flor sin admirar la belleza infinita del hecho creador, de la riqueza y complejidad de las incontables manifestaciones de la naturaleza y del Universo, en fin, pasar por alto la evidente manifestación de la presencia de Dios.

(*) La sociedad espartana vivió tiempos muy duros de guerra y estaban en riesgo de extinción no solo por parte de sus vecinos sino de parte del imperio persa. El entrenamiento militar comenzaba a los 7 años y solo los más aptos lograban llegar a la adultés. Por esto la práctica señalada debe analizarse en ese contexto.

Nota: Umberto Eco, escribió un libro pleno de imágenes llamado "Historia de la Belleza", que por cierto se ganó el premio del libros más bello del año. ¡Que belleza!

sábado, 5 de junio de 2010

La Felicidad y el Perdón






Juan Pablo II con Medmed Ali Adca   
La felicidad exige tener siempre “limpia nuestra casa” y para éllo, entre otras cosas, debemos haber perdonado a las personas que nos han ofendido y haber pedido perdón de las que hemos dañado.
Cuando una persona nos ha ofendido de alguna forma, eso crea en nosotros, un dolor, una tristeza o un rencor hacia élla. Mientras no logremos liberarnos de ese sentimiento negativo no podremos encontrar la paz necesaria para vivir la felicidad. Ese dolor, tristeza o rencor que envenena nuestro cuerpo, mente, corazón y alma nos hace ciegos al amor y no nos permite entender que la ofensa proviene de la imperfección que compartimos todos los seres humanos.
El Padre Nuestro dice en una de sus partes “…perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a quien nos ofende.” Esto implica una actitud humilde como seres imperfectos y un compromiso reiterado y constante en cuanto al perdón.
El perdón no necesariamente pasa por el arrepentimiento de la persona que nos ha ofendido, pero si se requiere que el perdón sea expresado. Cuando perdonamos liberamos a la otra persona de un peso que tiene sobre sí y le abrimos la posibilidad de reivindicarse, de superar su error y convertirse en una mejor persona. A veces la persona no reconoce su falta, o no se arrepiente de lo que ha hecho o no asume un sincero compromiso de cambio, pero eso no es responsabilidad nuestra, porque cada quien es el único responsable de su proceso de crecimiento en esta vida.
Pero cuando uno de los apóstoles de Jesús le preguntó ¿Cuánta veces tenemos que perdonar a una persona?, Éste le contestó: “Setenta veces siete”.
Otro asunto diferente es el olvido. Para éllo se requiere de tiempo, que la persona, con sus acciones muestre que ha cambiado y pueda restablecerse nuevamente la confianza. No podemos caer en un ciclo repetitivo de ofensa y perdón, porque en ese caso hacemos un mayor daño al ofensor al no permitirle asimilar su aprendizaje de vida.
En este sentido se requiere expresar a las otras personas como nos hacen sentir sus palabras o sus acciones, cuando estas nos afectan negativamente, evitando calificar o descalificar a la persona a quien hacemos el reclamo. Sacar para afuera eso que nos duele o molesta, sin ofender a la otra persona, dándole la oportunidad de corregir su proceder. Esto nos permite evitar que las ofensas se enconen y acumulen en nuestro interior con el grave riesgo que podamos agredir, a su vez, al ofensor de manera desmedida.
Incluso cuando se trata de aquellas personas a las que en nuestra vida les profesamos un amor incondicional, el perdón que otorgamos no puede liberarla de la responsabilidad y las consecuencias que debe asumir por sus actos. Esta incondicionalidad no puede justificar el alcahutear sus errores ni liberarlo de las consecuencias de los mismos.
La otra parte del perdón es mucho más difícil de lograr y por ende es la más importante; se refiere tener la humildad y el valor para pedir perdón a quienes hemos ofendido. Cuando logramos sinceramente pedirlo y ponernos en movimiento para capitalizar ese error cometido, lograremos evolucionar hacia una mejor persona, y admás lograremos vencer los dos mayores enemigos de la humanidad y por ende de la felicidad, la soberbia y la vanidad

lunes, 24 de mayo de 2010

La Felicidad y el Condicionamiento. El Color Púrpura.


Celie
A veces usamos los condicionamientos que nos han sido impuestos por la vida como una excusa que desconoce nuestro potencial para ser felices.

Cuando uso la expresión “condicionamiento”, me refiero al ambiente, país, familia, condición económica, condiciones de salud, talentos, etc., que constituyen todos esos aspectos con los que nacimos o circunstancias en que nos toca vivir en este mundo.

Pensando en esto me hizo acordar de la película “El Color Púrpura”, que se desenvuelve en los primeros años del siglo XX (época de segregación racial y discriminación de género) en una provincia sureña de los Estados Unidos, protagonizada por Whoopi Goldberg (Celie), y Danny Glover (Albert), (mayor información en: http://es.wikipedia.org/wiki/El_color_p%C3%BArpura ) en la que en un determinado momento Celie abandona a su abusivo marido y al alejarse, Albert le grita algo así: “¿Qué vas hacer tu sola en la vida?. Eres mujer, eres negra, eres pobre y eres fea.”

En esas circunstancias, élla estableció un pequeño negocio de costura, que la ayudó a llevar una vida decente, manteniendo siempre la ilusión de recuperar a sus dos hijos (ambos producto de la violación de su padre y que tuvo que entregar a su hermana, quien se los llevó a vivir a África, para protegerlos de la violencia de su padre). Finalmente, cuando Albert se ve solo y abandonado, que ha perdido todo su dinero y se da cuenta del error cometido con Celie, se empeña en lograr la repatriación de los hijos de élla, lo cual logra, redimiéndose, cuando actúa por primera vez en su vida para el logro de la felicidad de quién había sido víctima de su desprecio y maltratado por tantos años.

Jesús en una de sus parábolas nos enseño que Dios nos ha hecho la misma promesa a todos (el cielo), pero, para lograr esa recompensa, cada quien tiene que recorrer el camino que le ha sido asignado. Unos tienen un camino más corto o fácil, otros muchos más largo y difícil.

Siempre le digo a mis alumnos que algunos pueden haber carecido de una madre, otros con muy poco dinero para vivir holgadamente, otros con problemas de salud, etc., pero si nos enfocamos en las limitaciones que podemos tener, en los obstáculos que nos hemos encontrado en la vida, no en el potencial que nos ha sido dado y en lograr aquello que realmente amamos o que nos hace vivir intensamente, viviremos lamentándonos de nuestras tristezas y alejados cada día más de aquello que nos hacer realmente felices.

Esto se vincula con el concepto del "locus de control externo", del que hemos hablado en otras oportunidades y tiene que ver con asignar la responsabilidad de nuestros problemas y fracasos a algo que no es atribuido a nosotros, convirtiéndose en una muletilla o escusa permanente para justificar que no hayamos logrado triunfar en nuestros proyectos o aspiraciones de vida.

Esto no significa que el condicionamiento sea absolutamente inocuo, sino que debemos asumirlo como la realidad que nos ha tocado vivir y enfocarnos en la habilidad que tenemos todos los seres humanos de encontrar las maneras y los caminos para superar dificultades.

Esto nos lleva a evitar compararnos con lo demás y en especial a con aquellos que en apariencia tienen menos dificultades en sus vidas. Siempre que pasa por mi mente desear, de alguna forma, la suerte de otra persona, me muerdo la lengua, porque la vida da demasiadas vueltas y una vida tranquila o deseable puede esconder una tragedia.

Prefiero dar gracias a Dios por las bendiciones que he recibido y me ocupo de ver la forma de metabolizar o superar los condicionamientos y las limitaciones que me han tocado experimentar. En tal sentido tengo un ejemplo algo vano referido a mi inflexibilidad física, frente a mi deseo de practicar la disciplina del yoga. A lo largo de 3 años de práctica no deje de sentir dolores por la dificultad de lograr las posturas que requerían mayor estiramiento o fuerza y eso me llevaba a expresar mi dolor con algún quejido.  En varias oportunidades se me acercaron compañeros que me preguntaba el porque de mi empeño con el yoga, ante tanta dificultad, y yo les respondía: Lo hago porque es difícil, porque me reta. No me he convertido en un estrella de la disciplina, pero si he logrado un avance que es apreciable.